Bernard Cohen y sus escritores

“Traducir es muy parecido a interpretar una partitura. Si te pierdes los matices, eres un pianista regular y un traductor regular.”

“Las sociedades que no traducen se vuelven auto referenciales, sordas a la sinfonía del mundo. Aunque Estados Unidos es una súper potencia, traduce solo una pequeña cantidad de trabajos literarios, lo que quizás pueda explicar, en parte, su tradicional y desastrosa política exterior.”

 

Esta entrevista se publicó  el 17 de abril de 2013  en el Blog Authors and Translators, de Cristina Vezzaro. Esta es mi traducción del inglés.

Bernard Cohen es traductor literario. Habla inglés, francés, español, ruso, hebreo, árabe, portugués y teek-teek (un poco) de camboyano.

¿Cómo empezó a traducir literatura? ¿Cuáles son “sus” escritores y sus idiomas?

Yo era periodista internacional y corresponsal de guerra cuando  Manuel Vázquez Montalbán, el formidable escritor español que estaba entrevistando por tercera vez, me dijo: “¿Por qué no hace el intento y traduce mi próxima novela al francés? Creo que usted puede ser muy bueno en eso”.  Decidí aceptar el desafío, aunque fuera algo intimidante. Eso me llevó a otros proyectos y finalmente decidí dejar la prensa escrita que sentía que no se manejaba con los altos estándares que yo pretendía y me dediqué por completo a la traducción literaria.

Más que nada traduzco del inglés y el español al francés, mi lengua nativa. Tuve el privilegio de traducir a gigantes de la literatura como Norman MailerHunter Thompson o Dorothy Parker y el trabajo completo de algunos escritores contemporáneos como Tawni O’DellDouglas KennedyPedro Juan Gutiérrez  o Mohsin Hamid.

¿Qué cosas le gustan y qué cosas no, de su trabajo de traductor literario? 

Siempre sentí que era más que nada un ciudadano del mundo, así que me gusta la idea de ser un “intermediario” entre diferentes culturas y lenguas. Y me gusta la musicalidad de la traducción, el hecho de que se trate más que nada de encontrar el ritmo correcto, el pulso correcto, la nota correcta. Traducir es muy parecido a interpretar una partitura. Si te pierdes los matices, eres un pianista regular y eres un traductor regular.

También me maravilla el impacto cultural de la traducción. Las distintas escuelas de traductores en Europa, África del Norte y el Oriente Medio fueron fundamentales en el flujo de la corriente filosófica, científica y artística que condujo al Renacimiento. Las sociedades que no traducen se vuelven auto referenciales, sordas a la sinfonía del mundo. Aunque Estados Unidos, sea una súper potencia, traduce solo una pequeña cantidad de trabajos literarios, lo que quizás pueda explicar, en parte, su tradicional y desastrosa política exterior.

Lo que no me gusta es que la traducción literaria no se valore lo suficiente en este mundo mercantil nuestro. Para decirlo claramente, es muy difícil vivir del trabajo a tiempo completo de traductor literario.  Especialmente ahora en que la industria editorial y los distribuidores en Internet pagan por los libros electrónicos a los escritores y a los traductores regalías escandalosamente bajas. Por otro lado, el desarrollo de la traducción automática en línea demuestra que la traducción literaria con todas sus implicancias culturales y sus sutilezas idiomáticas no se puede computarizar, por lo que debería estar mejor paga.

¿Cuál fue su experiencia más enriquecedora?

Cuando la traducción le da nueva vida a un libro. A veces la traducción a otro idioma permite a una nación volver a apreciar sus bienes culturales. Lo pude ver cuando traduje Que viva la música de Andrés Caicedo, treinta y cinco años después de que ese increíble escritor colombiano se suicidara a los veinticinco años. Él es un mito y un icono en Colombia, pero el hecho de que fuera por fin traducido al francés ayudó a las nuevas generaciones a entender el alcance universal de su trabajo. Y como siento una cercanía particular con ese escritor, tuve la sensación de que de alguna manera, unidos a pesar de la muerte, éramos amigos, hermanos en la literatura, si es que puedo decir eso. Los dos nos enamoramos de la heroína del libro, La Mona.

¿Qué lo hace sentirse cercano a un escritor?

La cualidad musical de la escritura, el sentido del humor, la habilidad de jugar con las palabras, el mundo que el escritor crea con sus palabras. Uno puede sentirse de verdad muy cerca del escritor que traduce, ya que la traducción es, pienso, un acto de amor. De hecho me enamoré de alguien mientras traducía su libro, después nos conocimos, y ese amor que ya estaba presente en mí se incrementó por su belleza física. Después vivimos juntos diez años.

¿Qué encuentra más difícil de traducir? 

La poesía, definitivamente. Pero es una dificultad que desafía y que estimula. Otro tipo de dificultad es lidiar con un libro mal escrito, por ejemplo algunos best sellers que uno decide traducir, porque para decirlo llanamente, se necesita el dinero. Siempre digo que el traductor llega al corazón del texto, a lo que hay detrás de las palabras, más allá incluso del subtexto y cuando uno se enfrenta a la realidad más íntima de algunos libros, te quedas shockeado por lo que ves. Por la bajeza.  Y por el hecho de que a millones de personas les atraiga ese tipo de escritura. En esa situación, la dificultad es conservar la integridad.

¿Qué disfrutó más al traducir? ¿Que escritor le gustaría traducir? 

Hubo tantos libros que disfruté traducir…podría mencionar docenas, desde las memorias de  Keith Richards hasta el realmente intrincado, increíblemente complejo y a pesar de ello posible de leer,  Cromos de Felipe Alfau.

Siempre soñé con hacer mi propia versión de la Biblia, con eso quiero decir del Pentateuco. Es un texto increíble y ha sido muchas veces mal traducido, traducido en demasía, distorsionado, censurado…Principalmente querría recuperar su sensualidad, despuritanizarlo. Y sí, ¡amo los neologismos!

Un aspecto de nuestra profesión es que se vuelve cada vez más difícil leer traducciones (al menos para mí), el ojo profesional toma ventaja sobre el ojo lector. Vuelvo a leer cada año los cuentos completos de Chekhov y siempre me digo llegado a un punto: “yo no lo hubiera traducido así”. No es por la calidad de la traducción en sí misma, sino por el hecho de que todo puede traducirse de muchas maneras diferentes. El mundo seguirá traduciendose a sí mismo hasta el final de los tiempos.

Si no fuera un traductor literario, ¿qué querría hacer? 

No lo sé. Diseñar zapatos de mujer, quizás. Estuve en la guerra, así que sé que no querría ser militar. En algunos momentos oscuros pienso que un traductor literario es un novelista frustrado, en los buenos momentos me siento afortunado de no tener que pensar en un argumento y dar vida a personajes creíbles. De hecho, siempre es la misma historia: chico conoce chica, etc. El valor agregado es el “cómo” contar la historia. Y una traducción es definitivamente un nuevo libro. “Igual, igual, pero diferente”, como decimos en Asia.

Lista de escritores que Bernard Cohen tradujo (no exhaustiva):

Shalom AuslanderFederico AndahaziCharles BowdenAndrés CaicedoMaría Amparo EscandonJoe EszterhasCharles FrazierAlmudena GrandesPedro Juan Gúttierez,Mohsin HamidThomas HarrisDouglas KennedyStephen KingJhumpa LahiriManuel Vázquez MontalbánWalter MosleyNorman MailerStuart NadlerHelmut NewtonGeoff NicholsonTawni O’DellChuck PalhaniukDorothy ParkerEdeet RavelKeith Richards,Mordecai RichlerSam ShepardRachel SieffertWladislaw SzpilmanHunter S. Thompson,F.X. TooleOscar WildeTom Wolfe.

 

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