El hombre superfluo

Cuando Turguéniev publica Diario de un hombre superfluo en 1850, la frase “hombre superfluo” se populariza, asignándole nombre a un arquetipo literario recurrente en la literatura rusa del siglo XIX y principios del XX: un joven bien educado, aristócrata, inteligente, bien intencionado, incluso con ideas revolucionarias, pero incapaz de pasar a la acción: un ser inoperante, inútil.

La crítica solapada alarmó al gobierno del Zar Nicolás I que censuró varias partes de la novela. En cierta forma ese “hombre superfluo”, retratado en tantas otras novelas como en El idiota de Dostoievski o en Oblómov de Iván Goncharóv, su inactividad, ese “no hacer nada” era la respuesta lógica de quienes no deseaban terminar sus días en Siberia. Tras la asunción de Nicolás I y la revuelta fallida de 1826, que fue integrada por jóvenes  aristócratas, se ejerció un gran control en la sociedad a través de una red de espías e informantes, y aplicando la censura en la educación y la literatura.

En Diario de un hombre superfluo el joven Chulkaturin, enfermo y a sabiendas de que su muerte está próxima, decide escribir el diario de su vida. ¿Pero vale la pena contar mi vida?, se pregunta. He sido un hombre absolutamente superfluo en este mundo, dice. Y para demostrarlo comienza a contar la triste historia de amor en la que también jugó el papel de hombre superfluo.

La novela es breve, pero pulida, perfecta. La narración, muy ágil. Bastan sesenta páginas para que el personaje agudo e irónico de Chulkaturín se vuelva inmortal. Con fino humor, a veces despiadado, Chulkaturín describe el mundo que lo rodea. Aquí, por ejemplo, describe a su madre:

“Caía aplastada bajo el peso de sus virtudes y atormentaba a todos con ellas, empezando por ella misma. En los cincuenta años de su vida no había descansado ni una sola vez, no se había cruzado de brazos; iba y venía, siempre ajetreada, de un lado a otro, como una hormiga, y sin provecho alguno, lo que no puede decirse de la hormiga. Un gusanillo incansable la carcomía día y noche. Solo una vez la vi del todo tranquila, a saber: al otro día de su muerte, en el ataúd. Al contemplarla, en verdad, me pareció que su rostro trasuntaba un quedo asombro: los labios entreabiertos, las mejillas hundidas y los ojos dulcemente inertes parecían emitir las palabras: “¡qué bueno es no moverse!”.

El temperamento tímido y la vez apasionado de Chulkaturín da oportunidad para que sucedan las escenas más cómicas. Su inutilidad en el mundo real contrasta con la riqueza de su vida interior que se revela en sus reflexiones y el análisis detallado de las personas y las situaciones que atraviesa.

Completa esta edición de 2017 de Colihue, el prólogo del traductor, Alejandro González, acerca de la época y el contexto de la novela, y una famosa conferencia de Turguéniev,  en la que compara los personajes de Hamlet y Don Quijote. Turguéniev analiza en detalle la psicología de los dos personajes y sostiene que “encarnan dos características fundamentales y opuestas de la naturaleza humana” y concluye con que todos llevamos dentro o bien a un Hamlet o bien a un Quijote.

Hamlet es escéptico, irónico, egoísta; es un hombre pensante, consciente, que conoce sus defectos y se auto desprecia, pero que al mismo tiempo es vanidoso. Un hombre que no nos lleva a ningún lado porque él mismo no sabe adónde ir. Por otro lado, Don Quijote es idealista, leal, entusiasta, arrojado, loco, ridículo, pero capaz de entrar en acción y sacrificarse por los demás. En tal sentido, Chulkaturin tiene mucho de Hamlet, en un período en el que según Turguéniev sobran los Hamlet y faltan Quijotes.

La traducción es muy buena, muy natural y estética. Alejandro González es sociólogo, traductor, investigador y especialista en literatura rusa. Hizo estudios de posgrado en Lengua y literatura rusa en la Facultad de Filología de la Universidad de Petrozavodsk, Rusia, y vivió siete años en San Petersburgo.


Turgeniev.jpg

Iván Turguéniev (1818-1883) formó parte del siglo de oro de la literatura rusa. Alexandr Pushkin y Nikolái Gógol en la primera parte del siglo; Iván Turguéniev, Iván Goncharov y Fédor Dovstoievski coetáneos en plena producción a mediados de siglo; León Tolstoi, apenas unos años más joven, pero más longevo escribió ininterrumpidamente durante sesenta años hasta su muerte en  1910, y finalmente Antón Chéjov aparece en el último cuarto de siglo y escribe hasta su muerte en 1904.

Turguéniev, de origen noble, fue el más europeísta de todos, ya que se instaló en París en 1856 y vivió hasta su muerte allí y  por períodos también en Alemania, de ahí que fuera el escritor  ruso más difundido en Europa. Desde allí veía el atraso de la sociedad rusa y tenía una mirada muy crítica sobre ella, aunque esta aparece disimulada en sus escritos para evitar la censura. Al morir Gogol, en 1852, había escrito un obituario que le costó un mes de cárcel y la reclusión en su ciudad de origen, durante un año.

Las narraciones de Turguéniev son más bien cortas, pero muy trabajadas. Son famosos sus cuentos de Relatos de un cazador que Harold Bloom destaca por su belleza como uno de los mejores libros de cuentos escritos en Cómo leer y por qué. En los cuentos, Turguéniev describe la vida de los campesinos, antes de su emancipación en 1861, de forma realista, rompiendo con la idealización de la literatura de la época. Padres e hijos es una de sus novelas más reconocidas donde trata el choque entre un padre tradicional y la rebeldía y el nihilismo de su hijo. Primer amor es otra de sus novelas breves más conocidas.

 

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