Ganarle al miedo

Daniel tenía veintiocho años cuando se tiró al vacío desde la terraza del edificio donde vivía en Nueva York. Estaba cursando una maestría lejos de Colombia, su país. Sólo su familia más cercana sabía el enorme esfuerzo que estaba haciendo. La verdad es que sufría de esquizofrenia. En apariencias, Daniel era un joven como cualquier otro, y de hecho hacía una vida normal. Tenía amigos, se reía, cumplía con sus responsabilidades, pero era consciente de que tenía una enfermedad y que eso podía alejarlo de las personas que quería y entonces lo ocultaba. La medicación que tomaba lo hacía más lento, lo que complicaba su desempeño en época de exámenes. Demasiada exigencia. El psiquiatra que lo atendía creyó que Daniel iba a poder, pero se equivocó. Quizás Daniel dejó la medicación para rendir mejor y así se desencadenó la crisis.

Piedad Bonnett comienza la narración de Lo que no tiene nombre en presente, a partir de la llamada en que escuchó a su hija decir por teléfono esas cuatro palabras terribles: “Mamá”, y después “Daniel se mató”. El viaje a Nueva York, la llegada al departamento, las decisiones que hubo que tomar sobre el cuerpo, sobre las pequeñas posesiones materiales de Daniel. La vuelta a casa. A manera de flashbacks, escenas de la vida con Daniel, sus inseguridades, su carácter, los problemas que fueron surgiendo en la etapa universitaria. Las consultas a psiquiatras, el diagnóstico.

Piedad investiga sobre enfermedades mentales, habla con el psiquiatra de Daniel, lee, indaga, busca respuestas y entretanto va elaborando lo sucedido. La narración es muy cuidada, a un mismo tiempo triste, contenida, angustiante, pero de una enorme belleza. A cada momento encontramos párrafos como el que sigue:

La fotografía, qué paradoja, recupera y mata. Muy pronto esas veinte o treinta fotografías se tragarán al ser vivo. Y habrá un día en que nadie sobre la Tierra recordará a Daniel a través de una imagen móvil, cambiante. Entonces será apenas alguien señalado por un índice, con una pregunta: y este, quién es? Y la respuesta, necesariamente, será plana, simple, esquemática. Un mero dato o anécdota.

En la contratapa, el escritor Pablo Ramos define al libro con el adjetivo “demoledor”, y sí, esa es la palabra justa: demoledor. ¿Para qué leer un libro como este, entonces? ¿Por morbosidad?, ¿para autoflagelarnos? No, no para eso, no: para humanizarnos. Para entender lo que significa tener una enfermedad mental. Para estar atentos a ciertas conductas y conocer los riesgos. Para saber que no siempre poner a una persona en manos de un psiquiatra es suficiente. Para entender lo que le pasa al que está atravesando un duelo. Para tomar conciencia de que nuestras actitudes pueden aliviar o dañar aún más a las personas que sufren.

Lo que no tiene nombre nos lleva inevitablemente a reflexionar sobre temas que la mayoría de nosotros callamos, que no queremos pronunciar en voz alta, sobre los que ni siquiera queremos pensar, pero que son reales y no podemos evitar. Todos los días algo o alguien muere. La muerte es parte de la vida. Escapamos del dolor, y escapamos de las personas que sufren, pero hacer silencio, hacer de cuenta que no pasa nada, no ayuda. El dolor sana con cuidado, con afecto, comunicándonos, no desapareciendo, ni callando.

Cuando los animales tienen miedo, huyen. Cuanto más miedo tienen, más rápido corren. Es simplemente auto-preservación. Pero somos humanos. ¿Qué  nos diferencia? Los seres humanos somos capaces de ganarle al instinto. Entonces, es casi una obligación moral aprender a enfrentar ese miedo. Leer Lo que no tiene nombre es, pienso, una manera de educarnos.


piedad bonnetPiedad Bonnett (1951) es una escritora colombiana muy reconocida en su país. Estudió Literatura y Filosofía. Fue profesora de Literatura y de Escritura Creativa en la Universidad. Tiene muchos premios por sus libros de poesía (ocho a la fecha), publicó cuatro obras de teatro y cuatro novelas: Después de todo (2001), Para otros es el cielo (2004), Siempre fue invierno (2007) y El prestigio de la belleza (2010).

Además de Daniel, tiene otras dos hijas: Renata y Camila.

 


Lo que no tiene nombre / 131 pág. / ed. Alfaguara

 

 

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