Madre e hija

“La manera que tiene mi madre de lidiar con los malos momentos es echarme en cara a  gritos y en público la verdad. Cada vez que me ve, dice: «Me odias. Sé que me odias». Voy a hacerle una visita y a cualquiera que esté presente —un vecino, un amigo, mi hermano, uno de mis sobrinos— le dice: «me odia. No sé que tiene contra mí pero me odia».

Vivian Gornick, una reconocida crítica literaria y periodista neoyorquina, cuenta en Apegos feroces la relación con su madre. Una relación difícil en la que madre e hija se recriminan la una a la otra, se buscan, se pelean, se hieren, se acompañan. Indisolublemente unidas pasean por las calles de Manhattan mientras los diálogos se suceden y una y otra vez se gesta, frase a frase, otro choque inevitable.

Esta madre judía, de clase trabajadora, carácter fuerte, inteligente, decidió que su hija estudiara y no dependiera de nadie, pero a la vez no puede soportarlo. La idea era que tuviera una salida frente a un eventual fracaso matrimonial, que fuera una profesora, ¡pero una  intelectual exitosa! No puede dejar de competir y nunca, nunca dirá las palabras de elogio que su hija necesita y espera. “La sabelotodo de mi hija” repite con desprecio cada vez que pierde una batalla.

“Nuestros mejores momentos juntas son cuando hablamos del pasado”, dice Gornick, y  mientras pasea con su madre recuerdan a las vecinas del edificio del Bronx en que vivían cuando iba al colegio y después a la universidad. Un mundo lleno de mujeres en el que los maridos apenas se nombraban como un mal necesario. Así Gornick va alternando las conversaciones con su madre y sus propios recuerdos: las tardes en la cocina cuando el sol entraba por la ventana, los chismes de la señora Zimmerman, la sensualidad de Nettie, los departamentos de puertas abiertas, la muerte de su padre, la etapa universitaria, su trabajo y más tarde sus relaciones fallidas con los hombres.

“Por qué no eres capaz de encontrar a un buen hombre que te haga feliz?”, pregunta su madre. “¿Por qué eliges a un shlemiel tras otro? Dime, ¿lo haces adrede para fastidiarme?” Ese es el terreno en el que su madre sale ampliamente victoriosa, con un matrimonio “perfecto” hasta que un paro cardíaco termina con la vida de su marido cuando Gornick tiene trece años.

Si bien Apegos feroces es un libro de memorias, se lee como una novela. Su estilo es sobrio, reflexivo, ameno y el ritmo constante. Nunca decae. El foco está puesto en las relaciones personales que Gornick disecciona con lucidez. El sabor que nos queda: un tanto amargo, al comprobar la brecha enorme que existe entre la claridad mental y las emociones. Comprender no siempre soluciona las cosas. Las atenúa… quizás.

Apegos feroces, publicada en inglés en 1987, aparece en 2017 traducida por primera vez al español por Daniel Ramos Sánchez en la editorial Sexto Piso y gana (treinta años después de escrita) el premio Librerías Madrid al Libro del año en la categoría Ficción. La misma editorial acaba de publicar Una mujer singular y la ciudad (2015, en EE.UU.), otro libro de memorias que continúan las de Apegos feroces.


 

Desert

Foto: Mitchell Bach

Vivian Gornick (1935) es periodista, escritora y fue una de las voces más destacadas del feminismo en EE. UU. en las décadas del ’70 y del ’80. Escribió catorce libros entre ensayos y memorias. Sus artículos se han publicado en medios como The New York Times, The Atlantic Monthly, The Nation o Village Voice. Gracias a Sexto Piso podemos finalmente leerla en español.


Apegos Feroces / 195 pág / Ed. Sexto Piso

 

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