La inquietud de lo inexplicable

Edmundo Paz Soldán, escritor boliviano radicado en los Estados Unidos, fue uno de los descubrimientos que hice en el Filba Internacional que se llevó a cabo en Buenos Aires hace dos semanas. Nuevo para mí, no así para los muchos que lo leen desde que publicó su primera novela en 1992 y desde que formó parte de McOndo, la famosa antología de cuentos que publicó el chileno Alberto Fuguet en 1996. No por nada vi caras emocionadas entre los que asistieron al taller de narrativa que dio en el Festival.

Gracias al éxito de García Márquez, lo latinoamericano se puso de moda en los Estados Unidos y en Europa, pero también debido a él lo latinoamericano se convirtió en sinónimo de realismo mágico. Ocurrió que en la Universidad de Iowa, llevados por el entusiasmo que esa literatura despertaba en los estadounidenses, se convocó a escritores de habla hispana para armar una antología. Una gran desilusión  se llevarían los autores rechazados, entre ellos Fuguet, porque no se encuadraban dentro del movimiento. El editor les dijo: esos textos “bien pudieron ser escritos en cualquier país del primer mundo”.

En reacción a eso, Fuguet y el escritor, también chileno, Sergio Gómez se decidieron a armar una antología que llamaron McOndo (Antología de nueva literatura hispanoamericana). En su famoso prólogo (que algunos llamaron manifiesto), Fuguet reconoce lo exótico y la variedad de colores de la cultura latinoamericana, pero se rehúsa a dejarla reducida al estereotipo del realismo mágico, a una latinoamérica tropical, mitológica y rural de exportación. En cambio, McOndo refleja la vida urbana de las grandes capitales latinoamericanas.

Dice Fuguet:

El nombre (¿marca-registrada?) McOndo es, claro, un chiste, una sátira, una talla. Nuestro McOndo es tan latinoamericano y mágico (exótico) como el Macondo real (que, a todo esto, no es real sino virtual). Nuestro país McOndo es más grande, sobrepoblado y lleno de contaminación, con autopistas, metro, tv-cable y barriadas. En McOndo hay McDonald’s, computadores Mac y condominios, amén de hoteles cinco estrellas construidos con dinero lavado y malls gigantescos.

En nuestro McOndo, tal como en Macondo, todo puede pasar, claro que en el nuestro cuando la gente vuela es porque anda en avión o están muy drogados. 

McOndo se publicó en España y de allí se exportó a toda América Latina, cumpliendo con la ironía ya bien conocida de que para ser valorado en los distintos países de Latinoamérica, se debe haber publicado primero en España. En Chile, el libro se presentó en un McDonald’s recién inaugurado de la capital. El libro recibió muchas críticas porque se decía que Fuguet pretendía cambiar un paradigma por otro y, por otro lado, Fuguet olvidaba que había muchísimos grandes autores latinoamericanos que no escribían a lo García Márquez. La cuestión es que el prólogo del libro armó un gran revuelo y generó un debate encendido que dio lugar a ensayos y libros varios.

Dice Paz Soldán: “En lo personal, formar parte de McOndo me ayudó a comenzar a leer a mis contemporáneos, escritores como Alberto Fuguet o Rodrigo Fresán; me ayudó a soltarme, a tener una visión más irreverente y menos solemne de la literatura”… Paz Soldán admite que se cometieron muchos errores y simplificaciones con McOndo, pero rescata que el libro sirvió para dar a conocer a muchos nuevos narradores hispanoamericanos.

En Las dos ciudades, la editorial Metalúcida seleccionó cuentos y microrrelatos de varios libros publicados por Paz Soldán entre 1990 y 2012. Los cuentos más cortos tienen una redacción más simple, son atemporales, míticos y plasman más bien ideas; los largos son en general realistas, los argumentos son más complejos y la redacción muy elaborada. Todos tienen en común, sin embargo, la originalidad y los finales siempre sorprendentes.

Transcribo un párrafo de “Historias nocturnas”, como ejemplo de sus cuentos cortos.

Los cortes de luz ya han sido internalizados por todos nosotros, forman parte de nuestro modo de vida, le proveen de suspenso y color a nuestras rutinarias existencias (nocturnas, porque durante el día los cortes de luz no tienen gracia, no son dignos de nuestra atención). Por ejemplo, los partidos de fulbito que se realizan en las calles de tierra del barrio, a la tenue luz de faroles de principio de siglo, no se interrumpen por un corte; los jugadores ya han desarrollado una mágica habilidad para, transformados en borrosos, semidesvanecidos contornos, gambetear, pasar la pelota, cometer un foul, rematar al arco, animarse a una chilenita. Claro, a veces suceden cosas raras: un arquero es secuestrado, un delantero recibe un balazo en la sien. Por suerte, la explosión demográfica nos ayuda y siempre hay suplentes prestos a saltar al campo de juego.

Los cuentos más largos tienen historias que apelan menos a lo insólito y más a los sentimientos. En “Roby”, un adolescente marginal ejerce una fascinación especial sobre un chico al que le destroza la infancia y la inocencia. En “Los otros”, un chico es testigo del cambio de sus padres y de sus amigos que lentamente se transforman en Otros. En “Diler”, un padre lleva a su hijo en el auto cuando reparte droga para que la policía no sospeche.

Hay en los cuentos de Paz Soldán un cierto extrañamiento, una ambigüedad, a veces un toque fantástico, o tal vez no. La duda, el asombro, la inquietud no desaparecen al terminar la lectura. Hay desapariciones inexplicables, asesinatos, obsesiones, repeticiones sin sentido. Los niños esconden, mienten, experimentan lo prohibido, sufren abusos, incluso por parte de sus padres. El deseo, el sexo, el incesto están insinuados de manera sutil, pero terrible. Los adultos sienten miedo, son cobardes, deshonestos. No son ejemplos a seguir. Hay asesinos y ladrones de cualquier edad. Violencia, culpa, vergüenza: las emociones se reparten entre niños, adolescentes o adultos por igual.

Edmundo Paz Soldán es un autor único y personalísimo que realmente vale la pena conocer.

 


 

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Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia; 1967) vive en los Estados Unidos desde 1991. Estudió Ciencias Políticas y más tarde hizo un doctorado en Lenguas y Literatura Hispana en la Universidad de Berkeley. Es profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell, Estado de Nueva York.  Escribió once novelas y varios libros de cuentos y ensayos. Ganó el Premio Juan Rulfo 1997 por su cuento “Dochera” y el Premio Nacional de Novela de Bolivia 2003 por El delirio de Turing. También fue finalista del Premio Rómulo Gallegos 1999 por Río fugitivo. Sus libros se tradujeron a más de diez idiomas.

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