Inés Garland – Del espíritu a la materia

Dice Inés Garland que al escribir no hace distinciones: “Tengo a la adulta, a la niña y a la adolescente, todas metidas dentro. Cuando escribo, dejo que las cosas fluyan. Trato de no frenar algo que está saliendo. No impido que crezca. Después decido”. Por eso es que Inés Garland tiene libros para todas las edades. Así como escribió Una reina perfecta, La arquitectura del océano, o Una vida más verdadera (sin dudas para adultos), también escribió Piedra, papel o tijera o El jefe de la manada clasificadas como juveniles; y el mes pasado recibió una muy buena noticia. Su novela Lilo ganó el Premio de Literatura Infantil Ala Delta que organiza la editorial Edelvives en España.

¿Contame cómo te sentís, cómo te cayó este premio?

Y…¡me cayó bien! (risas) Estaba en la isla; hacía muchos años que no me tomaba vacaciones y me fui un mes a una isla acá en el delta con unos amigos; un matrimonio con sus tres hijos que son vecinos del barrio. Casualmente estos niños tuvieron mucho que ver con el libro, porque yo un día iba caminando por la calle y vi un perro con cabeza de ovejero alemán y patitas cortas y cuerpo largo y me llamó mucho la atención que fuera tan desproporcionado; y a la cuadra ya estaba hablando como si yo fuera el perro y me empecé a imaginar un perro que se siente inadecuado y que tiene complejo con su físico. Después empezó a aparecer toda una historia y se la fui contando a los chicos a medida que iba sabiendo más de lo que pasaba y ellos empezaron a salir a buscar al perro por el barrio. Siempre hablábamos del libro mientras lo escribía y cuando estuvo terminado lo leyeron y les gustó y le hicieron dibujos; así que fue genial que me avisaran del premio estando con ellos porque festejamos casi como si lo hubiéramos escrito entre todos.

Y es un premio muy lindo, porque lo organiza la editorial Edelvives que tiene unos libros preciosos. Me voy a España a recibir el premio a fines de mayo, principios de junio, todavía no hay fecha. Y eso ya me da mucha ilusión porque no conozco. Ahora están buscando ilustrador. Y todavía está el tema de las palabras. No tienen intención de españolizarlo, pero alguna palabra quizás me pidan que cambie. Vamos a trabajar juntos en eso y veremos. Ya me pasó con El jefe de la manada que salió en España y me pidieron que cambiara la palabra linyera por vagabundo, pero yo no tuve problemas. Es una linda palabra “vagabundo”, así que no me importó. Igual creo que ahora hay una mayor apertura. De todas maneras… yo no veo cuál es el problema de no saber una palabra y tener que buscarla. Quitarles ese trabajo a los niños… o hacérselos ver como un trabajo… el diccionario no es un trabajo, es una riqueza.

Vos siempre hiciste muchas otras cosas a la par que escribías, pero ahora estás totalmente abocada a la literatura.

Sí. Yo seguí haciendo otras cosas hasta hace muy poco tiempo. Daba masajes, porque soy terapeuta corporal, y también daba clases de movimiento. Pero en estos últimos tres o cuatro años, con los derechos de autor, los talleres y la traducción que se sumó no hace tanto, empecé a poder vivir de la literatura y dejé todo lo demás; un poco tuvo que ver con lo económico, pero también con la decisión de tener un mayor compromiso con mi deseo más profundo. Donde yo siento que me despliego con más honestidad con respecto a mí misma.

¿Te sentís libre para escribir?

Sí. Yo tengo esta cosa de querer escabullirme de lo que yo sé que tiene que pasar. A veces es como si pensara que tengo que hacer otra cosa, que es por otro lado. Me comparo con personas y pienso que es muy loco lo que hago. Que son muchas horas de soledad, que estoy siempre con esto en la cabeza. Y te absorbe mucho, es mucha energía. Te va  alejando un poco de la vida porque estás siempre mirando de afuera. La reflexión constante es muy cansadora. Sobre todo los temas que yo trato que tienen que ver con las emociones. A veces me gustaría ser otra persona por un rato. ¿No sería buenísimo?… si por unos días vos sos yo y yo soy vos… (risas), bueno tendría tus propios pesos, pero al menos, cambiar de pesos por un rato.

Quería tocar el tema de la mirada de los otros. Hace muchos años leí La insoportable levedad del ser y siempre me acuerdo de una parte en la que Kundera habla de la mirada. Dice que todos necesitamos que alguien nos mire y clasifica a las personas de acuerdo a la mirada bajo la que quieren vivir. Están los que desean la mirada de miles de ojos anónimos y esos son los artistas, están los que necesitan la mirada de muchos ojos de personas conocidas, esos son los incansables organizadores de cócteles y fiestas, están los que anhelan la mirada del ser amado y, por fin, los que anhelan la mirada imaginaria de personas ausentes: esos son los soñadores.

Leí esa novela y me acuerdo que me gustó, pero no me acuerdo de esa parte. Lo que yo siento es que siempre tengo hambre de encontrarme con otros, de encontrar cierta afinidad. Una afinidad que no tiene que ser total, pero sí tiene que haber un punto de contacto a partir del cual podés conversar y podés intercambiar cosas. Y en ese sentido estaba pensando si se unía con lo de la mirada imaginaria; porque tal vez yo me imagino que me encuentro con otros cuando escribo y que me van a entender, y que yo los entendí cuando escribía. Algo que se parece al encuentro amoroso. Y es imaginario, porque salvo cuando te encontrás con los lectores…, y tiene que ver con sentirme menos sola y con ese deseo de ser mirada con buenos ojos. Y no sé si es tanto de desconocidos o de conocidos: es en general. Pero cuando escribís te sometés a la mirada de los conocidos de una manera muy distinta a la que te sometés intercambiando cosas en la vida.

Y es la más difícil, la mirada de los conocidos.

Sí, decididamente es la más difícil. Yo preferiría que la gente que me conoce no me lea, pero no podés impedirlo. A mi hija le pedí que no lea algunas cosas. Ella también tiene pudor de leerme y a mí me parece bien que así sea. No sé si queremos que el otro sepa … es otro lado de mí. Yo siempre le digo a mis alumnos que a sus parejas no le muestren nada y es a la primera persona que todo el mundo le va a mostrar. Yo creo que es muy distinto una pareja de escritores que se pueden mostrar entre ellos las cosas, a las parejas en las que uno escribe y el otro no.

Ya que apareció el tema del taller, me interesaba preguntarte si se puede guiar a alguien  en el taller sin meterse con su estilo, sin cambiárselo. ¿Eso es un tema para vos?

Es un temazo para mí. Hay algo que contó Abelardo Castillo, de cuando él fue a ver a un profesor de taller y leyó: “Por el sendero venía avanzando el viejecillo”… y el profesor lo interrumpió: “¿Por qué sendero y no camino?, ¿ por qué avanzando y no caminando?,  ¿por qué no ‘el viejecillo venía avanzando por el sendero’, que es el orden lógico de la frase?”, a lo que Castillo contestó:  “porque ese es mi estilo”. Entonces el profesor le dijo: “Antes de tener estilo, primero hay que aprender a escribir.” Y eso es un poco la línea difícil de saber. Para mí cuando una escritura no funciona, no es un tema de que “ese es mi estilo”.

Con respecto a meterte en el texto del otro… lo que no podés es meterte en sus temas. No te podés meter con lo que al otro le interesa contar. Sí podés decir lo que funciona y lo que no funciona, y en eso no estás sola porque en el taller hay otras personas. Las críticas que yo permito en mi taller tienen que ver con: acá no sé lo que pasó, no entiendo quién habla, o eso dónde está: cosas que tienen que ver con fallas fáciles de detectar desde la técnica; o sea, no está claro. Y no solo no está claro para mí, no está claro para otras ocho personas. Entonces sabés que ahí hay un problema. Pero dónde trazar la línea de hasta dónde te metés es algo que me tortura.

Sí, porque que no se entienda a veces tiene que ver con el estilo de la persona…

Sí. A mí no me gusta la gente críptica para escribir. Yo no tengo problemas en leer otra vez para entender, si es que al final entiendo, pero no me gusta cuando siento que el autor se pone entre el texto y yo. Cuando hay algo de: Yo soy tan inteligente que a vos te dejo afuera, o que a propósito alguien hace toda una retórica complicada para brillar como muy inteligente. Pero hay gente a la que le fascina eso.

Siempre me pregunto qué pasaría si apareciera uno de esos escritores que han sido unos bochos; si yo los entendería o los trataría de corregir. Pero me tengo confianza en algo que es muy visceral con respecto a los textos. Y una cosa que siempre digo en el taller es: cuando te corrigen tiene que haber un reconocimiento.  Si lo que yo te digo no te resuena… no corrijas nada. Guardá la versión anterior, escribí la nueva versión con las sugerencias que puedan haber aparecido en el taller y compará. Lo mío no es palabra santa, es un intento de ayudar. Pero puedo equivocarme.

Ahora, cuánto te podés meter con el texto del otro… los días en que estoy bajoneada, que como todo el mundo tengo días buenos y días malos, es mi gran pregunta: ¿Qué estoy haciendo? ¿Con qué arrogancia me puedo meter yo?, ¡qué arrogante! … pero entiendo que pasan otras cosas en los talleres: hay un encuentro, hay una conversación; te encontrás con otras personas que tienen tus mismas búsquedas. El taller es un lugar de contención, de crecimiento, es un lugar de lectura. Es un estímulo, es no sentirse solo, es encontrar pares afines, es ver como otros luchan con las mismas cosas que vos luchás, es entender que esas dudas, esas tristezas, esas dificultades las tenemos todos, que no sos vos. Y también es compartir las alegrías, porque también se festejan los logros. Cuando alguien trae siete versiones de un cuento y a la séptima todos nos damos cuenta de cuánto mejoró, eso es algo que celebramos todos.

Y en los talleres cortos que doy, que son intensísimos, hacemos un trabajo muy arduo de deconstrucción de todas esas ideas de solemnidad con respecto a la escritura. Doy lecturas que especifiquen cuestiones técnicas y trato además otro tipo de cuestiones. Porque también me meto con otros temas como las trabas, las cosas que tuve que atravesar yo para poder escribir y para poder publicar. Y me toca mucha gente que tiene ese tipo de dilemas, porque está hecha así la vida. Siempre te pasa que cuando aprendiste algo te cae alguien que necesita aprender eso. A mí me gusta mucho la dialéctica maestro y alumno, de un lado y del otro. Me gusta ser alumna y me gusta enseñar.

¿Tenés disciplina para escribir?

Estoy tratando, cada vez tengo más. Todos los años me lo propongo. Creo que a partir de que empecé a vivir solo de esto empecé a entender ciertos mecanismos de dispersión que tengo, de resistencia. La gente habla del pánico a la hoja en blanco y a mí eso no me pasa porque ni siquiera me siento cuando no tengo la voz del narrador. Ahora estoy logrando sentarme  y poner prioridades y entender que si pasa mucho tiempo y hago todo, todo,  menos escribir, empiezo a estar muy insatisfecha, empiezo a tener un pensamiento muy obsesivo con mis cosas, algo que con la escritura se me alivia. Es como una medicina para mí escribir.

¿Corregís mucho?

Mucho, muchísimo.

Y el tema de la espontaneidad y la corrección… ¿Cómo se combinan? 

El problema con esas dos cosas es que no pueden ser simultáneas. Hay un momento para ser espontáneo, para indagar con total libertad y un momento para corregir. Cuando el corrector se mete permanentemente te va poniendo palos en la rueda y termina yendo por delante de la creatividad y te mata de un gas paralizante cualquier cosa que puedas escribir. Pero hay que soltarse, confiando en que es necesaria una primera versión. “Un mal necesario”, como dice Liliana Heker.

Es como si tuvieras que convertir algo del orden del espíritu en materia. Tenés que atravesar ese inmenso abismo. Una vez que tenés la materia podés trabajar sobre ella. Pero si te negás a materializar, todas las maravillas que te puedas imaginar no existen. Atravesás el abismo escribiendo esas primeras versiones y después viene el corrector. Y a veces en medio del corrector vuelve a aparecer esa parte, digamos inconsciente, entonces tenés que abrir. Tenete la paciencia para saber que podés escribir veintidós versiones de un mismo cuento, si es necesario. La escritura es un proceso, no es un producto final. Cuando vos estás enfocada en el producto final entonces te da una angustia horrible, sobre todo por  cómo es la sociedad; y ahí es cuando matas a los pichones. Porque la espontaneidad es como un pichón y tenés que saber cómo hacer para darle de comer para que crezca y eso es mucha paciencia. Si pensás la corrección como algo que mata la creatividad y la espontaneidad estás en problemas. No son cosas contrarias, son complementarias. Pero tienen cada una su tiempo y su espacio. Y ese es un gran aprendizaje.

¿Y cómo sos como lectora?

Leo mucho, no releo tanto y me olvido absolutamente de todo lo que leo, pero por un rato me dura y soy muy feliz. Me sumerjo en los libros. Querría leerlos dos veces para acordarme, pero no tengo tiempo. Me agarra la ansiedad de todo lo que me falta leer. Pero hay cuentos que he leído muchas veces para el taller y cada vez les descubro algo nuevo. Sí, soy voraz y soy muy crítica como lectora. No leo un libro que no me esté tocando de alguna manera y abandono sin culpa. A veces abandono no porque el libro sea malo sino porque no es lo que necesito leer en ese momento. Tengo la mesa de luz que se me viene encima y una bibliotequita entera de libros que quiero leer en mi cuarto, y cuando la veo me agarra mucha angustia.

¿Qué lecturas recordás como definitorias en tu vida o que te impactaron?

Muchas, muchísimas, ¡son tantos años!, pero te puedo decir que en el último tiempo me deslumbré con Vivian Gornick, con  Apegos feroces, un libro que me mató y después  leí sus ensayos feministas. Ahora acabo de leer Lector a domicilio, de Morábito, que es una preciosura de libro. Me gustan muchos autores norteamericanos. Leí mucho a Cheever, James Salter, pero también leo con inmenso placer cuentos y novelas de Tolstoi, que siempre me pegan en algún lugar muy profundo, o Chejov, con el que siempre me pasa algo muy fuerte, y en su momento, cuando era más joven, Rulfo.

Me marcó también mucho la poesía, me acuerdo la primera vez que leí a Kavafis … y en los últimos años Sharon Olds, a la que traduje. Sharon Olds tiene una forma de mirar la realidad que me cambió la cabeza. Encontré en ella alguien totalmente afín. La honestidad que tiene y cómo hace de lo personal algo universal. Ese tipo de escritura le trajo muchos problemas con sus hijos, con su marido (ex marido ahora). La criticaron mucho en Estados Unidos; y su compromiso de seguir escribiendo así me dio mucho coraje. Siento una deuda muy grande con ella. Acabo de traducir otro de sus libros y no hay uno solo de sus poemas en que no sienta que me enseña algo. Este verano también leí La amante del volcán de Susan Sontag, un libro que tiene sus años, y me deslumbró totalmente. Ahora tengo en la mesita de luz El idiota de Dostoievski.

 

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El living de la librería Eterna Cadencia, donde mantuvimos esta larga conversación

2 comentarios

  1. Beatriz

    Dónde dicta talleres de escritura?

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    1. Magdalena Solari

      En Florida, Vicente López

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