Toda la paranoia

La lectura de Derrumbe nos descoloca una y otra y otra vez. No, no es la novela tradicional. Podría decirse que está a medio camino entre el autoanálisis, el ensayo y la sátira. Apenas comienza, Guebel escribe: “Mi hija duerme. Dentro de una semana mi mujer se irá con ella y me dejarán solo”. Fin del matrimonio. Su hija de cuatro años no vivirá más con él. El dolor del padre. “Me derrumbo. Me derrumbo. Me derrumbo. Copiaría y pegaría la frase eternamente, pero no soporto esa facilidad. Una posición cómoda: el sufrimiento injustificado. Claro que mi mujer acaba de abandonarme. Pero yo siempre supe que eso ocurriría, desde el mismo día en que vino a vivir conmigo. De hecho me esforcé como un condenado para producir su partida y enterrarme luego en este infierno de dolor.”

El derrumbe amenaza la totalidad del ser. “Soy un escritor fracasado […] A veces cuando mi esperanza se vuelve modesta, pienso que el talento a lo sumo me alcanza para escribir una obra maestra de segunda categoría.” El humor surge de la contradicción constante. De la salvaje exposición de todas las paranoias y los defectos. De la exageración. De una voz interna aguda y caníbal. De la lengua afilada que esgrime contra los demás. De la ambivalencia entre sentirse una nada y un genio.

¿Es esto un relato autobiográfico? En parte. A medida que avanzamos, las dudas aumentan. El narrador se recrimina, se lamenta y despliega a la vez un cinismo feroz. “El cinismo es puro criterio de realidad”, dice. Este narrador que apenas puede lidiar con el dolor de la pérdida es a la vez implacable con su amigo Segovia que no puede elegir entre dos mujeres. Dos mujeres que lo quieren y lo esperan.

A la manera casi de un diario, el narrador comienza cada capítulo con pensamientos obsesivos y elucubraciones alrededor de su drama personal pero pronto se distrae con los intercambios de la vida diaria. Así tienen cabida otras historias que rivalizan con su drama y nos relata las conversaciones imperdibles con su amigo Barragán en las que siempre está presente el arte en todas sus manifestaciones o una ida a pescar en la que vuelve a escuchar la terrible disyuntiva de Segovia. Así narra la noche de Año Nuevo y las indicaciones que le da a una finlandesa borracha para aprender a bailar el tango y el recuerdo desopilante del viaje a Mar de Ajó con su tío Berele, que ofrece como explicación de su estado mental alterado ya que “desde mi más temprana infancia soporté los peores maltratos y padecí la fealdad del universo que me rodeaba.”

¿Quién sabe qué hacer con su dolor? dice Segovia, agobiado por la culpa de dejar a su mujer y su hijo por otra mujer. Nadie sabe qué hacer con su dolor. Y el escritor… ¿cómo vive el dolor un escritor? Fracasando una y otra vez al intentar contar ese dolor, porque no encuentra el lenguaje que lo describa, porque la imposibilidad está dada más que nada por las palabras que determinan e inmediatamente modifican ese dolor.

Cuidado, que la exageración, el empecinamiento y la angustia exacerbada pueden extraviar la mente en los delirios del dolor. 

 


2840467w380Daniel Guebel (1956) empezó a publicar a los treinta años y tiene una enorme producción de novela, teatro, cuentos y algunos guiones para cine. Con su segunda novela La perla del emperador (1990) ganó el Premio Emecé. Con El absoluto ganó el Premio Nacional de novela 2018 y con El hijo judío acaba de ganar el Premio de la Crítica de la Feria del Libro 2019. Actualmente conduce “Campo de batalla”, un programa imperdible con escritores invitados con los que Guebel debate diferentes temas literarios. Se da en el canal de la ciudad los sábados a las 20hs o puede verse en este link por youtube.

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