Los dilemas morales de Elizabeth Costello

Elizabeth Costello no es un libro de lectura fácil y es que esencialmente es una novela de ideas. Al igual que en todos sus libros, son tantos los temas que Coetzee despliega que uno podría debatirlo durante días enteros. La novela gira alrededor de varias conferencias y entrevistas que da su protagonista, una escritora australiana, que fiel a sí misma y con una obstinación incorruptible no puede dejar de ser nunca quién es, aun cuando eso le traiga problemas.

Elizabeth Costello no es una viejecita simpática. Tiene dos hijos de dos matrimonios diferentes, a los que descuidó en pos de su carrera y con los que mantiene una relación distante. Se ha hecho famosa en su juventud al publicar su cuarta novela: La casa de Eccles Street. En ella, inventa una vida para Moly Bloom, la mujer de Leopold Bloom, el protagonista del Ulises de James Joyce. Costello hace una suerte de reivindicación de Moly, la mujer a la que Joyce había encerrado en la casa. Pasan los años y aunque Costello escribe muchos otros libros, su carta de presentación continúa siendo la de ser la autora de esa única novela. Está “congelada en los logros de su juventud.” Ahora, ya anciana, la invitan las universidades de los Estados Unidos para darle premios, para hacerle entrevistas, para preguntarle una vez más sobre La casa de Eccles Street y para que dé alguna conferencia. Ella acepta, pero no sabe dar conferencias. Duda mientras pronuncia sus discursos y se pregunta si realmente piensa lo que está leyendo. No habla sobre lo que sus oyentes quieren escuchar, su argumentación no es sólida, por momentos parece desvariar, sus finales son precipitados y generan desconcierto, los aplausos son erráticos. Siempre hay alguna pregunta incómoda que ella no es capaz de responder. Quizás le exigen demasiado. Ella solo es una escritora vieja y está cansada.

Defensora a ultranza de los animales, en una charla compara el holocausto con los frigoríficos a los que llama “campos de exterminio”. Un periódico la acusa de restarle importancia al holocausto, la acusan de antisemita. Algunos “antisemitas encubiertos y sensibleros defensores de los derechos de los animales”, la defienden de una manera que la hace sentirse avergonzada. La llaman periodistas para que aclare sus dichos y una desconocida le grita en el teléfono “puta fascista”. Después, ya no atiende más.

En una oportunidad, le piden que dé una conferencia sobre el problema del mal. Ella acaba de leer una novela de Paul West en la que se cuenta la ejecución de un grupo que había conspirado contra Hitler. La novela detalla la muerte de unos ancianos balbuceantes y temblorosos. La denigración a la que se somete a esos ancianos la deja en un estado de abatimiento total. Al recibir la invitación al congreso, no duda en escribir sobre la novela y los riesgos de entrar en contacto con una crueldad que considera obscena. ¿Puede un escritor adentrarse en la oscuridad del alma, ahondar en el mal absoluto y salir ileso?, se pregunta. “Si lo que escribimos tiene el poder de hacernos mejores, seguramente también tiene el poder de hacernos peores”, piensa. Escribe su conferencia y al llegar al hotel descubre que el autor de la novela está allí, en su mismo hotel y que también participa del congreso. Costello intenta en esa noche desesperada modificar su conferencia, pero como podrán imaginar, no consigue hacerlo.

En uno de sus viajes, Elizabeth Costello llega a un pueblo. Para pasar debe primero declarar cuáles son sus creencias. ¡Sería tan fácil decir que cree en algo!, pero no está en su naturaleza hacer concesiones. Trata incluso de hacerse trampas a sí misma, pero no se puede ir en contra de lo que uno es. Costello queda varada. Se reúne un tribunal para evaluar su caso y Costello acude a varias audiencias, pero sencillamente no puede decir lo que esperan de ella. No puede decir en qué cree. Declara que en realidad no cree en sus creencias. Que como escritora las creencias son un obstáculo. Que probablemente tiene alguna creencia, pero que no se las toma muy en serio.

De alguna manera (y aunque sea totalmente diferente), Elizabeth Costello me recordó la trilogía autobiográfica de Coetzee: Escenas de una vida de provincias. Leí Infancia Juventud, las primeras dos novelas que integran la trilogía, de las que hoy, después de varios años, solo recuerdo la sensación placentera de haberlas leído en vacaciones; pero la tercera, Verano, me dio trabajo; me impacientó, por momentos me exasperó. ¡Pero por qué dice esto!, pensaba, pero ¡qué es lo que quiso hacer con esta novela! Verano me provocó de una manera tal, que todavía hoy recuerdo en detalle conversaciones y parlamentos. Con el correr de los días las ideas que esa novela plantea volvían una y otra vez a mi cabeza, hasta que acabé pensando que de las tres, era la mejor. Y eso es un poco lo que pasa con Elizabeth Costello. Pertenece a esa clase de  novelas dificultosa, que incomoda, que desorienta pero que al terminar no deja de crecer y se nos impone con una contundencia que no se nos olvida.

La traducción es buena, del escritor y traductor español Javier Calvo, que ya ha traducido muchos de los libros de Coetzee.

 


Coetzee

John Coetzee (1940) ganó el Premio Nobel de Literatura en el año 2003. Nació en Sudáfrica pero emigró a Australia después de las críticas que recibió en su país por la novela Desgracia (2000) con la que ganó su segundo Booker Prize y de la que escribí una reseña que pueden leer aquí.

Otros de sus libros son Esperando a los bárbaros (1980), Vida y época de Michael K (con el que ganó su primer Booker Prize en 1983), La edad de hierro (1990), Diario de un mal año (2007).

La noticia ahora es que Coetzee escribió su último libro, La muerte de Jesús, (junio 2019) y aparece  publicado primero en español. Ya había trabajado en otras ocasiones con la traductora argentina Elena Marengo y en esta ocasión, su versión en español será considerada la versión original.

 

 

 

 

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