Un verdadero alquimista

Una idea genial puede aparecer de la nada,  sin buscarla siquiera, pero llevarla al papel  es otra historia. Las ideas geniales son como los sueños: ¡desaparecen tan rápido! Escribimos atropelladamente para aferrarnos a la idea y nos eleva la euforia y caminamos ligeros, entre algodones. Pero cuando unos días después releemos nuestra obra de arte apenas si la reconocemos. ¿Por qué? Porque lo que habíamos imaginado no está ahí. La mitad de las cosas quedaron en nuestra mente y no llegaron al papel.

Escribir conlleva un desdoblamiento constante: levantar vuelo o sumergirnos en lo más profundo de nuestra humanidad compartida para convertirnos después en un otro y mirar con ojos nuevos el resultado. Olvidarse del texto por unos días es una manera de “limpiar la cabeza” para leer después ese texto como lo haría un tercero. Sin agregados.

En esa lectura mediada ahora vemos con más claridad lo que antes no habíamos podido ver: las incoherencias, las deficiencias, los saltos… ¿Fluye el texto?, ¿o entre frase y frase hay zanjas abiertas? La desconexión entre  las frases o entre los párrafos exige al lector un esfuerzo para llenar esos espacios y su lectura se hará más lenta y difícil. ¿Hay alguna razón por la que el lector deba hacer ese trabajo?: ¿queremos que el lector se demore en ese lugar? ¿Hay alguna clave oculta en esos espacios vacíos? Si es así, el salto se justifica; si no lo es, el texto simplemente necesita más tiempo y dedicación.

No es fácil traducir sensaciones en palabras, ni convertir una escena escrita en realidad tangible. Hebe Uhart decía que la escritura es una artesanía —una palabra que  sugiere un trabajo lento, paciente, laborioso—. Nadie escribe un texto perfecto de manera espontánea.

“No es con voluntad que se escribe sino con atención y paciencia para esperar que aparezca esa verdad que el personaje tiene para decirnos”, dice María Teresa Andruetto. Oír al personaje, oírnos a nosotros mismos. Oír incluso el silencio.

Juan Villoro en La utilidad del deseo escribe: “Al modo de un sonámbulo, el escritor avanza por un camino que se modifica con sus pisadas. […] su expedición ocurre en la página, sin mapas definidos ni estrategia preconcebida.” El escritor traza un camino nuevo y una vez trazado, lo recorre una y mil veces  con el afán de hacer de esa traza el mejor recorrido para el lector. ¿Es un buen camino? ¿Partí del lugar correcto? ¿Llegué adonde quería llegar? ¿Es bueno rodear el charco? ¿O sería mejor embarrarse los pies?

El lugar de la contienda es el papel y la pelea es con cada frase, con cada palabra. Thomas Mann dijo una vez que un escritor es alguien a quién escribir le resulta mucho más difícil que al resto de las personas. Quizás esa sea la prueba para detectar a un escritor. Alguien que ve dificultades donde nadie las ve. Alguien que ve los átomos invisibles de las palabras.  Alguien que puede, con su intuición, transformar el plomo en oro como un verdadero alquimista.

2 comentarios

  1. Te felicito, tenemos puntos de coincidencia. Te he adherido a mi página.

    Muchas gracia, Magdalena.

    Le gusta a 1 persona

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