Nuestros pequeños yos – Un cuento de Mary Lerner

Margaret O’Brien, una tía abuela de setenta y cinco años, sabía que estaba cerca del final. No se quejaba porque había tenido una vida larga y difícil y estaba cansada. El joven sacerdote que le trajo la comunión le había administrado los últimos ritos: los oleos sagrados sobre los párpados (que el Señor te perdone los pecados de la vista), los oleos sagrados sobre los labios (que el Señor  te perdone los pecados de la palabra), sobre las orejas, sobre las manos nudosas, sobre los pies cansados. Ahora estaba lista, aunque sabía que, al acercarse, la temible presencia le causaría mayores sufrimientos. Así que cruzó las manos quietas sobre el corazón, allí en donde ningún hijo había descansado, pero en donde ahora algo nuevo crecía y aumentaba con fuerza. Parecía haberse entregado a una grata ensoñación.

Los vecinos iban a visitarla y ella se levantaba y los recibía con dignidad y a cada uno le daba un trato especial.

— ¿Y su hija Julia se fue a Nueva York, señora Carty? Nada podría detenerla, me imagino. Conmigo fue igual, cuando vine del viejo continente. ¡Y cuánto dinero había en las calles!, siempre pensaba. Sí, sí, siempre el jardín del vecino es  más verde.

O a la señora Devlin: —Terence lo está haciendo otra vez, ¿no es cierto?, puedo verlo en su mirada. ¡Pobre hombre! ¡No hay forma de detenerlo! ¡Ah, querida señora! El alcohol acaba en  sed  y el amor en tormentos.

Pero si las visitas duraban más de unos minutos, su atención se dispersaba. Sus respuestas se volvían crípticas.  Murmuraba algo como “ las siete parroquias” o las colinas de Wicklow, o “la preciosa caleta de Cork  entra de puntas de pie al océano”; después se quedaba en silencio, sonriendo, con los ojos cerrados, aunque con un singular aspecto de concentración. En esos momentos las  visitas murmuraban: “¡Que el Señor la tenga en la gloria! ¡Ya está tan cerca!,” y se escurrían serios a la cocina.

Su sobrina, Anna Lennan, madre de una pequeña prole, dejaba de trabajar apenas por espacio de  un suspiro y disfrutaba de un poco de conversación.

—¿No está desvariando ya, pobre mujer?—exclamó la señora Hanley  un día—. La cabeza no le funciona.

—¿Le parece? Yo creo que está bastante lúcida todavía, cuando quiere prestar atención, pero la mayor parte del tiempo solo se mete para adentro, concentrada como un chico en sus juguetes;  Quién sabe qué es lo que le está dando vueltas en la cabeza día y noche.  Apenas si pega un ojo y  se queda ahí muy quieta, y en la noche mi marido y yo la escuchamos hablar sola. “No, no”, dice. “Me pasé. Tengo que volver a empezar desde  el principio.” O si no: “Eso es todo. ¡Si  pudiera parar!”

—¿Y en qué puede estar  pensando?”

—Quién sabe. Él insiste en que ella está en un elevador, pero eso es porque él mezcla cuando va para arriba y  cuando va para abajo en un solo día. ¿Qué puedo hacer? Y así estoy yo, arriba y abajo toda la noche. Entre los dos me dejan destruida con tanto viaje. “Necesitas algo, tía Margaret?”, le digo. “No” contesta como impaciente. “No estés siempre tan preocupada, ¿quieres?” “¡Shhh!”

— ¿Y los niños no son un consuelo para ella?

—Para nada. Apenas los mira un rato y ya quiere estar sola. “Llévatelos, por favor”, dice y cierra los ojos. “Los otros son más verdaderos.”

— ¿Pero igual piensas que está en su sano juicio?

—Creo que sí. Es solo que hay algo en lo que  ella está pensando, algo que la  perturba un poco. Hace lo mismo cuando viene el Padre Flint. Al principio es amable y respetuosa, después impaciente y si el pobre hombre  no pesca la señal, se desentiende  y se mete en sus cosas. Uno diría que tiene miedo de perderse algo.

La visita, que era una joven mujer casada, arriesgó  una explicación: “Si fuera viuda,  o casada… quizás una vez quiso a alguien. Quizás intenta imaginar esos días de juventud otra vez. ¿No puede ser eso?”

Anna negó con la cabeza: —Mi madre decía que nació ya vieja. Todo lo que quería era trabajar, ahorrar algo de dinero e ir a la iglesia cada vez que podía.

—Pero, ¿quién puede saberlo? A veces esas son las que más lloran cuando es demasiado tarde. Mi tía siempre decía: ¡Si tuviera veinticinco años otra vez, haría todo distinto!’

—Puede ser, puede  ser, aunque dudo que sea eso.

Y no lo era. La anciana, que descansaba muy quieta entre las almohadas con los ojos cerrados, aunque con un peculiar aspecto de intensidad y concentración, no buscaba a un amante de juventud; aunque de hecho había tenido uno una vez y cada tanto se escurría entre sus recuerdos, a pesar de que ella trataba de evitarlo. En ese instante ella siempre hacía un comentario singular: “¡Eso ya pasó! Tengo que empezar desde el principio”,  y  esforzándose  por volver a su anterior estado de conciencia, se remontaba en la marea corriente de los años. Cada vez, esperaba llegar más lejos —aunque las figuras más remotas eran más huidizas y si se acercaba demasiado, desaparecían—, porque una vez que se embarcaba en el río de sus memorias, el descenso era cada vez más rápido. ¡Y qué fascinante era esa rapidez! Pero si deseaba hacerlo durar, era empujada hacia adelante y demasiado pronto navegaba hacia la ordinaria  luz  del día.  A ese punto, cambiaba el rumbo y retomaba con esfuerzo el ascenso.

Hoy, algo que había dicho su sobrina sobre la feria de Donnybrook —porque  Anna también era una hija del viejo continente—, levantó  un viento suave que empujó las velas de su visionaria barca. Cerró su mente a toda forma familiar y procuró ir hacia atrás… mucho más atrás, con todo el poder de su concentración. Por un momento sobrevoló un espacio muy poblado. Eso no le molestaba; ya lo había experimentado antes. Eso quería decir que se  había montado bien sobre la base de su cabeza. Las figuras, cuando aparecían, podían ser las más buscadas.

Finalmente, comenzaron a tomar forma, sutilmente al principio, después con más cuerpo, cada una traía su propio escenario, su propio ambiente  atmosférico, quizás una nube irlandesa como plumas de paloma, un pastizal  verde, un inesperado aguacero, o un cielo repentinamente despejado con un goteo continuo, plop, plop,  en medio de un sol brillante.

De pronto Margaret O’Brien sintió que la luz radiante del verano invadía la fresca y ordenada habitación.  Y entonces: “¡Ahí estaba!” y una pequeñita de cuatro bailó ante sus ojos, con un vestido estampado rosa, ajustado en la parte de arriba y muy amplio debajo. La guió por el camino hasta una diminuta casa nueva, de donde salía  un alegre golpeteo de martillos. Había leña y herramientas por todos lados; adentro se oían las voces de los hombres. La pequeña subió decidida los escalones y miró dentro. Después subió por la escalera angosta.

—¿Adónde fue Margaret?— preguntó uno de los hombres—. El piso de arriba no está terminado. Está abierto hacia el de abajo.

—¡Peggy! —llamó el hombre más viejo—. Baja de ahí ya mismo.

Se oyó un chillido de alegría. El vestido rosa apareció en lo alto de las escaleras.

—¡Ah, es  el pequeño hombrecito, papi! Un viejito muy gracioso con un sombrero alto. ¡Ven rápido a verlo!

Los dos hombres subieron corriendo las escaleras.

—¿Dónde está?

Ella se dio vuelta y señaló. Entonces la sonrisa se le borró de la cara. —¡Se fue! ¡El hombrecito se fue!

Su padre rió y la levantó en brazos. —¿Cómo era de grande, Peg? Grande como tú, supongo.

—¡No, no!, pequeño.

—¿Como el bebé?

Ella pensó un momento: —Sí, como él. Pero un hombre, pa.

—Bueno, pero ¿no querrás atraparlo para pedir rescate, no? Esa gente pequeña esconde vasijas y vasijas de oro y pagarían lo que sea para liberarlo.

Ella frunció los labios, a punto de llorar: —Quiero que vuelva.

—Dudo que el duende quiera. Una vez que dejas de mirar, desaparece y no vuelve más.

Margaret O’Brien se abrazó con regocijo. Ese era uno nuevo; nunca antes había llegado tan atrás. Y sin embargo, ¡qué bien recordaba todo! Le parecía oler el fuerte olor a madera de la leña, el olor a lima de la cal en el sótano de piedra.

La visión de la anciana continuó. Así iba sacando, uno a uno, del interminable depósito del pasado, los recuerdos más preciados. Había una Margaret peinada con colita de caballo, gorro y bufanda que caminaba con dificultad hacia la escuela un ventoso día de invierno. Ella había visto muchos días de escuela ventosos, pero ese lo recordaba por las lágrimas que había derramado en el camino. Vio los largos bancos, las pizarras, los mapas y  el alto profesor en su escritorio. Con un nudo en la garganta, oyó el sollozo de la pequeña cuando dijo: —No voy a venir nunca más, señor Wilde.

—¿Qué es eso, Margaret? ¿Por qué no? ¿No soy bueno contigo?

Las lágrimas no dejaban hablar a la niña: —Sí, señor Wilde, es justo porque es tan bueno conmigo. Ellos dicen que está tratando de hacerme protestante. Así que no voy a venir nunca más.

El hombre puso a la niña sobre sus rodillas y la tranquilizó. Margaret O’Brien podía ver otra vez la escena con tierno deleite. No tuvo que dejar su querida escuela. El señor Wilde le explicó que sus hermanos solo la molestaban porque ella era muy rápida y era su favorita.

Una pequeña Margaret se arrodilló sobre el piso frío de piedra de la iglesia y observó los cuadros de los santos y oyó cómo se zamarreaban los brotes nuevos con el viento, afuera en el huerto. Otra Margaret, un poco más alta, pedía a su padre que le comprara una hoja de versos cada vez que iba a la feria: eran unas pequeñas hojas con versos impresos y había que adaptarlas a la música. Esa Margaret, después, limpiaba el hogar, apilaba la turba y cantaba desde un banco en el rincón de la chimenea. A veces era algo como: “el viejo abrigo rojo que mi padre se pone”, con “tantos botones,  botones, botones, lleno, lleno de botones”; o sino:

“Ah, querida, ¿Cuál es el problema?

¡Johnnie, que tarda tanto en volver!

prometió  peinarme y atarme la trenza

con la cinta y el moño que me iba a traer”

Después, venía la imagen de cuando las hadas embrujaron el batidor y sin  importar cuánto uno batiera, no se formaba ni un poco de manteca. Margaret y su madre revisaron el batidor de arriba para abajo. Nada fuera de lugar.

—Esto es obra de las hadas —dijo la madre—. Porque es el Día de Todos los Santos y es viernes. Deja afuera  un plato de crema para la gente pequeña, ¿quieres?

La chica alta con el vestido azul de algodón, con las largas trenzas de pelo oscuro moviéndose como  látigos en la tarde ventosa, puso el plato con crema sobre la laja ante la puerta de entrada. Y al día siguiente, ¡cómo se hizo la manteca!! Apenas empezaron a batir ya vieron cómo se formaba. Cuando Margaret lavó el batidor,  no dejó de vigilar los rincones oscuros de la habitación, porque el aire parecía estar lleno de presencias y murmullos.

Después de esa, aparecía la imagen de la misma chica alta con el vestido azul, esta vez con un chal en la cabeza. Buscaba papas para llevar de los montones apilados afuera bajo techo. Entonces vio una pequeña piedra chata, rectangular y más suave y cuadrada que cualquier otra piedra que hubiera visto.

—¡Qué piedra tan rara! —le dijo a su madre.

Su madre dejó de cardar la lana para mirarla. —Es claro. Esa es una de las mesas de las hadas. Mira con cuidado y encontraras las sillitas también.

Era como su madre había dicho. Margaret encontró cuatro pequeñas piedras que bien podían ser sillas para muñecas diminutas.

—¿Puedo dejárselas a las abejas como juguetes?

—No, déjalas afuera. En la mañana no verás ni rastros de ellas porque las hadas se las habrán llevado.

Así que Margaret dejó la mesa y las sillas de las hadas afuera. A la mañana siguiente, fue corriendo, algo temerosa  de encontrarlas y arruinar la historia. ¡Pero no! ya no estaban. Nunca las volvió a ver, aunque las buscó por todos lados. Pero esa no fue la última vez que en la pila de papas aparecieron piedras misteriosas.

Margaret, crecía de escena en escena y  apareció de nuevo en un grupo de chicos y chicas que reían.

—¿A qué jugamos ahora?

—Hagamos la prueba de la hiedra.

—Aquí están las hojas.

Cada uno escribió un nombre en una hoja y la puso dentro de una jarra con agua. A la mañana siguiente, Margaret, a pesar de sus recelos,  bajó a hurtadillas y buscó su hoja. Sí, la muerte estaba echada. Al ver la superficie magullada de la hoja sus ojos se llenaron de lágrimas. Había escrito el nombre de su abuela y las condiciones en que estaba la hoja vaticinaban su muerte. Las otras hojas estaban intactas. Destruyó enseguida el mal augurio y no dijo nada sobre ello, aunque los demás preguntaban: “Hay una hoja menos, ¿cuál no está?” “¡Esta es la mía!” “¿Es la tuya, John?” “¿Es la tuya, Esther?” Pero Margaret guardó el secreto y ese año, su pequeña abuela murió. Es cierto  que era vieja, pero vigorosa. Margaret nunca más jugaría a ese juego. Era como jugar con la suerte.

Y las niñas continuaban creciendo. A ritmo constante, demasiado rápido, Margaret alcanzó la altura de una mujer; su pollera se alargó, sus trenzas debieron formar un rodete detrás de la nuca. Pero ella las dejaba sueltas y corría todavía con los varones yendo a los pantanos, subiendo a los árboles de manzanas, corriendo por  las colinas arrasadas por el viento. Su madre señalaba a su hermana Mary que, aunque era más pequeña, se sentaba con ella junto al fuego “bordando’” para “la gente acomodada.” Mary sabía tejer al crochet también y tenía una gran variedad de patrones de tréboles shamrock. Así que la madre regañaba a Margaret.

—¿Qué clase de chica eres, por Dios, para estar siempre saltando y corriendo como un ciervo? Ya es tiempo de que madures y aprendas algo útil. Silbatos y pistolas: eso es todo lo que sabes hacer,  y en eso no hay dinero, hasta donde yo sé.

¡Cuántos buenos silbatos hacía con  brotes de sauce en la primavera! Las pistolas las  hacían con tallos de saúco, que ahuecaban  y cargaban con agua del  arroyo. Un palito funcionaba de pistón. Se escondían detrás de un seto y disparaban a amigos y enemigos por igual. Cuántas veces les quedaban las orejas calientes por eso o los mandaban a la cama sin comer y ellos trataban de no ver las fuentes  con papas horneadas —“papas felices” decían  porque se curvaban en los bordes— junto  a deliciosos huevos con manteca fresca y galletas de avena.  “Un niño sin cena vale por dos al desayuno” decía su madre sonriendo cuando los veía  “abalanzarse” sobre el budín  al día siguiente.

¡Cuánta vida y entusiasmo había en esas figuras! ¿Esa criatura que miraba de costado envejeció? ¡Cómo podían pasar esas cosas! El paso hacia la madurez parecía algo tan ajeno a su universo. Y sin embargo, ahí estaba, creciendo a pesar de su resistencia. Un chico torpe se asomaba a la reja en una noche de luna, aunque ella estuviera adentro, para esconderse. Pero  nadie reparaba en  su alarma.

—Ahí está otra vez  ese larguirucho de McMurray; persiguiendo a Mary, seguro—, decía su madre, ignorándolo todo.

Pero no era por Mary que él venía, aunque ella igual se casó con él, y llegó a los Estados Unidos con sus hijos unos años después de la solitaria peregrinación de su hermana.

La intrusión de Jerry McMurray hizo que encallara su barca de sueños en  un banco de realidad. ¿A quién podía importarle la vida simple de una mujer mayor? La magia ahora había quedado atrás, pero  si los intervalos entre  sus dolores lo permitían, ella volvía otra vez su cara expectante hacia las viejas visiones infantiles. A veces podía hacer el viaje dos veces sin que la asaltara el dolor. Pero los momentos de bienestar eran cada vez más cortos; y muchas veces el dolor la interrumpía antes de llegar a la escena buscada.  Y siempre le parecía  que había  una imagen más esquiva que el resto que ella deseaba capturar. Finalmente unas palabras de Anna al azar la pusieron en el camino.

Cuando no estaba, como decía su sobrina “en el trance de sus fantasías”, Anna hacía lo posible por distraerla, mandaba a los niños a preguntarle “si quería sopa o un té,” o probar un poco de mermelada de vino. Un día, después de que la  enferma había pasado una mala noche,  le llevó su nueva casaca de seda para mostrársela, porque la anciana siempre había tenido “buen gusto” y  le gustaba andar “bien vestida,” y había hecho muchos vestidos en su época.  Su mirada penetrante se fijó en la aparatosa y llamativa trenza que adornaba el holgado frente de la prenda.

—¿Qué es ese apósito?— preguntó despectivamente.

Anna, conteniendo el enojo, retrucó: —Supongo que preferirías uno de esos que se ajustan a la figura como un jersey, todos prendidos hasta abajo.

Una luz repentina iluminó la cara de la anciana. —¡Lo tengo!— exclamó—. Eso es lo que había estado buscando todo este tiempo. Ahora vendrá: ¡el abrigo rojo! Debo volver  otra vez  al principio.

Entonces se desconectó y se  relajó como rindiéndose al hechizo de un hipnotizador.

Para alcanzar cualquier imagen de su galería, debía empezar desde el principio. Después continuaba, en su debido orden toda la procesión de pequeñas niñas: vestida de rosa, de azul, con las piernas desnudas, o con botas; sacudiéndose  la falda, trenzándose el pelo. A mitad camino, una nueva figura se materializó: una niña de nueve o diez  años que se miraba  frente a un espejo borroso haciendo muecas al mirar el abrigo rojo que flameaba a la altura de sus tobillos: bien holgado, eso es seguro, para que no le quedara chico demasiado rápido. Las mangas escondían sus pequeñas manos oscuras, los hombros y la espalda quedaban grotescamente abultados y en el frente tenía un gatito de adorno.

“Parezco el Paddy de la historieta. Así no pienso usarlo.” Frunció los labios con resolución. “Podría ajustarlo un poco, como hace mamá con los abrigos que John le pasa a Martin.”

Equipada con aguja, tijera e hilo subió al altillo. Era muy temprano cuando se puso a trabajar y a cortar. Pasó la mañana y también la hora del almuerzo.

—¡Peggy! ¿Pero dónde estará esa chica?

—Quizás en lo de tía Theresa.

—Mejor, mejor que esté fuera de mi vista, porque mis manos querrían sacudirla. Mirándose de un lado y del otro  y quejándose del buen abrigo que le compré. ¡Pequeña pretenciosa!

Para la pequeña modista en el altillo, la tarde voló entre alfileres, hilvanes y puntadas; probándose, descosiendo y volviéndose a probar. “Voy a tomarlo solo un poquito más.” Tuvo que treparse a la ventana para aprovechar la última luz del día. Al anochecer, apartó su pelo oscuro de las mejillas calientes y metió como pudo su cuerpo robusto dentro del abrigo rojo. Realmente le  calzó. ¡Créanme! Había seguido el modelo de un traje de montar que vio en una mujer en el campo;  se lo abotonó hasta arriba sobre el pecho chato como el de un varón y  se lo  ajustó  a  la cintura sin forma.  Un pliegue se formaba sobre sus caderas angostas. Por debajo sobresalía su pollera  estampada y sus piernas morenas llenas de rasguños.

Satisfecha con el resultado bajó las escaleras. Su madre y la vecina estaban sentadas frente al fuego de turba. Trató de enfrentarlas con seguridad, pero al ver sus caras estupefactas, las dudas la paralizaron. Se volvió frente al espejo.

—¡Por el amor de Dios!— exclamó su madre—. ¿Qué eso que tienes puesto?, ¡Pareces una salchicha!

Después,  empezando a comprender: —¡Por Dios, Ellen!  ¡Eso es lo que queda del abrigo que le compré, lo bastante grande para que le dure cinco años!

—¡Era demasiado grande! —lloriqueó la pequeña—. ¡Un ganso parecía!

Después, intentando ponerla de su lado: — Apenas lo achiqué un poco, ma. Es bastante grande y quizás no engorde mucho. ¡Mira cómo me queda ahora!

—¡Cómo te queda! ¡Dios me libre!— exclamó la madre.

—¿La chica lo hizo sola? —preguntó la vecina.

—Sí—, contestó  Margaret desafiante—. Lo corté, le di forma y lo cosí. Hasta tiene un fruncido atrás.

—Maggie —le dijo la vecina a la madre de Margaret—, nunca vi un trabajo mejor hecho en una chica de su edad. No la culpes, si lo hizo tan bien—, y sin poder evitarlo comenzó a reírse a carcajadas—. ¡Es ella la que va a usarlo, mujer! ¡Todo lo que necesita ahora es un caballo y una montura para ser una verdadera amazona!

Así fue que la total destrucción del abrigo rojo, en esa casa donde los buenos abrigos eran tan escasos, terminó entre risas. ¡Cuánto tiempo usó ese abrigo ajustado y qué grande se sentía con él! ¡Que sus hermanos se rieran tanto como quisieran!

¡Qué alegría sintió la anciana al recordar la escena! Con tanta riqueza de detalles, logró una deliciosa sensación de permanencia  en contraste con lo esquivos que resultaban otros momentos aislados. Margaret O’Brien había visto  todas las demás figuras, pero ella era la niña del abrigo rojo. En los largos años que vinieron después había cosido muchos lindos atuendos: había vestido a jóvenes graciosas para sus conquistas y a  novias preciosas para el altar. De todo eso, nada le había quedado; pero todavía podía sentir la buena calidad del paño rojo con los dedos lastimados por la aguja, y ver el vivo color contra sus mejillas oscuras por efecto del viento.

—¡Por la vida!—exclamó en voz alta, exultante—. ¡Por la verdadera vida!

—¿Qué vida, tía Margaret?— preguntó Anna, con delicadeza—. ¿Es que tienes miedo del final, querida?

—No, no, tesoro. Ya me resigné hace tiempo, aunque fue amargo al principio. Está bien, Dios es bueno y no podemos vivir para siempre.

Sus ojos se enfocaron en los dos faroles encendidos y pestañearon como si hubieran estado mucho tiempo acostumbrados a una luz más suave.

—¿Qué es toda esa luz? —preguntó animada—. Supongo que la mujer del candelero se murió. Apaga todas esas luces, ¿quieres? Todavía hay luz suficiente; es justo el momento del día que más me gusta.

Anna obedeció y se sentó junto a la cama  en el suave atardecer de primavera. Por debajo de las cortinas blancas que se levantaban flotando, la brisa traía el dulce perfume del pasto  y de los perales florecidos del  jardín. Desconectado  de las horas agitadas del día, parecía ser un tiempo suspendido para el descanso, el pensamiento  y las confidencias: un momento para el intercambio. La anciana habrá sentido la invitación porque volvió la cabeza y alargó una mano tímida hacia su sobrina.

—Anna, mi niña, pensarás que estoy completamente en la luna. Pero nunca una mujer estuvo más en sus cabales que yo. ¿Quieres que te diga en qué estuve pensando estos largos días y noches? Te hará reír un poco, te lo aseguro.

Y entonces trató de explicarle el curso de sus pensamientos.

Pero Anna no se rió. En cambio —con la empatía y comprensión propia de los celtas—,  la miró con los  ojos vidriosos.

—Ese pensamiento también yo lo tengo a veces— admitió —. Todas esas niñas que fui y ya no existen.

—¡Tú lo has dicho!— exclamó la anciana, complacida con su inesperada receptividad—. Solo en mí, ¡es tan triste!. Todas esas queridas chicas… no hay nadie más que  yo para recordarlas y pronto ni siquiera eso. A veces parecen rogar que no las olviden, así que tengo que mantenerlas vivas en mi cabeza. Lo estoy logrando, y créeme, sus vidas  me parecen tan reales y la de los niños aquí, solo sombras —su voz se atragantó con lágrimas repentinas—. Ellas son las niñas que nunca tuve. ¡Mi pena es abandonarlas! Ahora morirán, porque nadie que esté vivo las recordará.

La belleza de Anna, que se había ido desvaneciendo con el trabajo de la casa y los niños, parecía haber recuperado todo su antiguo y fresco encanto. Se inclinó hacia adelante con entusiasmo juvenil: —Querida tía Margaret — suspiró con una nueva ternura—, tienes muchos días por delante. Voy a sentarme aquí cada tarde  mientras anochece, y así podrás ir enseñándome a esas niñas. Durante mucho tiempo mamá me contó de nuestra tierra y yo recuerdo todo muy bien, aunque era la más chica de todos.  Ahora tú podrás completar el cuadro con toda nuestra gente: Mary y Margaret, John, Martin y Esther, tío Sheamus y el resto. Los veré tan claramente como tú, porque tengo espacio en mi cabeza y cuando me pongo a pensar,  las imágenes me vienen tan densas y nítidas como estrellas en una noche helada. Después, cuando las llame, vendrán corriendo o bailando hasta día del juicio final.

Así la anciana logró su sueño. Recreó sus viejos yos  y los transmitió para salvarlos del olvido. “¿Te imaginas a esa chica tan resuelta vistiendo a su perro?” preguntaba con emoción y hablaba cada vez más de sí misma como si fuera de un tercero. “¿Y esa otra traviesa haciendo un traje de amazona de un buen abrigo? Admiro ese coraje.”

Todavía duró la anciana un largo mes. Cuando la primavera floreció, los días se fueron alargando. En el lento avance del atardecer, las dos mujeres recreaban el escenario, se daban el pie para entradas y salidas. Sobre el cubrecama blanco las alegres figuras bailaban, tan radiantes, tan increíblemente frescas, el ciclo de infancia completo de una mujer. Ya vueltas familiares, venían por su propia voluntad, endulzando sus horas de dolor con sus risas, o, de pronto, contemplativas, asistiendo con respeto a sus éxtasis devocionales.

—Una mujer santa— le dijo el joven sacerdote a Anna uno de los últimos días—. Tendrá un final santo. Sus meditaciones deben ser hermosas, porque tiene la luz verdadera del cielo en su cara. Pareciera que ya escucha el coro de ángeles.

Y Anna, asintiendo respetuosamente, guardó su secreto. Era un hombre bueno y  piadoso y un sacerdote de Dios, pero nacido en Estados Unidos, como su impasible y amable marido, ajeno al círculo mágico de la comprensión. “No ve nada, pobre hombre,” pensó con indulgencia. “Pero tiene buenas intenciones.” Así que instruyó a su marido para que cuidara a los pequeños y olvidándose de las míseras preocupaciones de cada día, se deslizaba nuevamente  dentro del círculo encantado.

 

Publicado por primera vez en “Atlantic Narratives”.
Traducido por Magdalena Solari. Primera traducción al español. 

Mary Lerner (1882-1938) nació en los Estados Unidos y era hija de una irlandesa y un alemán. Escribió al menos catorce relatos que fue publicando en revistas literarias de la época. Su cuento “Little Selves”, que traduje como “Nuestros pequeños yos”, fue seleccionado en el año de su publicación para la antología: The Twenty Best American Stories for 1916 (Los veinte mejores cuentos americanos de 1916), y ochenta y cuatro años más tarde, en el 2000 integró, junto a otros 54 cuentos, la antología: The Best American Short Stories of the Century  (Los mejores cuentos americanos del siglo) cuya selección estuvo a cargo de John Updike y Katrina Kenison.

Mary Lerner dejó de escribir en 1920 por razones de salud.


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Extracto de una pintura de Paula Modersohn Becker

1 comentario

  1. Beatriz Vedoya

    Gracias x el cuento!!!!

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