El Frankestein de Mary Shelley

¡Olvídense de Boris Karloff! Las adaptaciones de Frankestein para el cine apenas rescatan un par de ideas de la novela; pero la complejidad, el tono, la humanidad, la ideología del Frankestein de Mary Shelley poco tienen que ver con esa historia de terror para niños.

Mary Shelley tenía solo diecinueve años cuando publicó la novela y marcó una época. “Hay escritores que fundan su contexto, y ella creció en la época de Frankestein“, dice Esther Cross en su libro La mujer que escribió Frankestein. Una época fascinante de avances en las ciencias, de experimentación, de descubrimientos, de investigaciones médicas.

Mary Shelley nació en Londres en 1797. Su madre, alemana, era Mary Wollstonecraft, una leyenda ya en su tiempo por haber escrito La reivindicación de los Derechos de la Mujer. Diez días después del parto, Mary Wollstonecraft murió de fiebre puerperal y Mary se crió con su padre, William Godwin, un filósofo de pensamiento anarquista, que luego volvió a casarse.

Godwin era reverenciado entre los intelectuales de izquierda de entonces por su obra  Justicia política (1793). Por su casa desfilaban escritores, políticos, filósofos y Mary desde pequeña escuchó sus conversaciones y se interesó por ese mundo de ideas que circulaban a su alrededor al tiempo que jugaba y leía sobre la tumba de su madre.

Mary tomó el apellido Shelley de su marido, el poeta Percy Shelley, que conoció  en su propia casa cuando tenía solo dieciséis años y él veintidós, aunque ya estaba casado. El flechazo fue instantáneo y superó todos los obstáculos: la oposición del padre de Mary, la desesperación de la mujer de Percy, la condena social. Se fugaron y al cabo de un mes y medio volvió a Londres embarazada. La situación económica de la pareja era muy difícil. La hija de Mary nació prematura y murió a los pocos días. Su padre no le hablaba.

La hija de su madrastra, que se había criado con ella, se enamoró de Lord Byron, amigo de Percy, y quizás por su insistencia fue que alquilaron una casa en Suiza para el verano cerca de donde vivía Byron. Fue allí que se gestó la idea de Frankestein. El mal tiempo los obligó a permanecer mucho tiempo encerrados y se entretenían leyendo historias de fantasmas. Entonces Byron propuso hacer un concurso de cuentos de terror. Mary se fue a dormir y tuvo la visión de un científico parado junto a un hombre armado con partes de cadáveres que de pronto cobraba vida y espantaba a su creador.

Frankestein fue publicado en 1818 de manera anónima con prólogo de Percy Shelley, por lo que la gente creyó que era su autor. Recién tras una exitosa adaptación para el teatro en 1823, se publicó una nueva edición con el nombre de Mary Shelley.

La novela se cuenta a través de tres relatos en primera persona: las cartas de un explorador a su hermana, que en el polo norte se encuentra con Víctor Frankestein, el relato de Víctor Frankestein y el relato del monstruo.  Esa forma de estructurar la novela  muestra la parcialidad que hay en todo punto de vista. Cuando el monstruo cuenta todo lo que vivió desde que su creador lo abandona irresponsablemente después de infundirle vida, no podemos más que empatizar con él.

El monstruo es feo de verdad, y de gran tamaño, pero no es torpe; al contrario, es más rápido y resistente que el hombre promedio. Llega a la vida sin conciencia de pasado y pasa mucho tiempo escondido al descubrir que la gente grita y lo apedrea apenas se deja ver. Se esconde entonces, durante mucho tiempo, y solo sale en las noches, pero logra ser testigo de la vida de otras personas desde su escondite y así va desarrollando sus ideas y entendiendo el mundo.

La narración en primera persona tiene ese efecto de intimidad que logra que nos identifiquemos sin resistencia con el narrador, con sus miedos y obsesiones. Entonces entendemos al monstruo que es víctima de una situación que no buscó y  soporta todo tipo de injusticias hasta que el rechazo de la gente y su sufrimiento lo vuelve malo y busca vengarse.

Compré Frankestein y La mujer que escribió Frankestein al mismo tiempo y fui leyéndolos de manera alternada. Resultó ser el combo perfecto. En Frankestein habla una época, pero Mary Shelley no necesitaba explicarle a sus contemporáneos lo que pasaba entonces. De hecho, ni menciona el robo de cadáveres, en cambio habla de recolección de materiales. El libro de Esther Cross viene a llenar esas lagunas de conocimiento, nos sitúa en el momento histórico, en el medio familiar de Mary, y Frankestein cobra otra dimensión.

La edición de Colihue es excelente y trae muchísima información —una larga introducción del traductor y doctor en Letras Jerónimo Ledesma y un apéndice con prólogos de la época, reseñas, cronologías, etc—, que aportan muchos datos para los estudiosos. En oposición, el libro de Esther Cross está escrito con las estrategias de la narración y entonces la lectura es ligera, interesante y hasta divertida para quien disfrute del humor negro y las ironías. Esther Cross se detiene principalmente en las investigaciones médicas que conllevaba el robo de cadáveres y todo el sistema de adquisición de los cuerpos; y por otro lado, la vida personal de Mary y su historia de amor con Percy Shelley que termina de manera trágica solo unos años después  cuando Percy pierde la vida en un naufragio.

Si bien la traducción de Ledesma conserva el estilo antiguo del texto, es una traducción reciente y argentina lo que garantiza un lenguaje con el que uno se siente cómodo casi de inmediato. Por eso, recomiendo muy especialmente esta edición de Colihue Clásicos, una colección muy cuidada, además, en todos sus títulos. 

 

 

 

1 comentario

  1. Me pareció excelente tu punto de vista. Coincido totalmente. Saludo!

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