Los cuentos que nos contamos

La narración cumple un papel fundamental en nuestra vida, y no hablo solo de la vida de los escritores o de los lectores: el ser humano interpreta el mundo de manera narrativa. Las cosas suceden, simplemente, pero los datos inconexos no significan nada para nosotros y no entender nos llena de angustia. Necesitamos encontrarle sentido a las cosas, así que unimos datos, sacamos conclusiones y armamos un relato. Un relato elaborado desde una perspectiva particular (la nuestra) en base a los datos que nosotros decidimos tomar de la realidad y que unimos “con lógica” según nuestro criterio. Así, mediante el relato, nos construimos a nosotros mismos y a nuestro tiempo y nos contamos y le contamos a los demás quiénes somos.

Esos cuentos que nos contamos y esos cuentos que nos cuentan van reafirmando nuestra  identidad y nuestro sentido de pertenencia y de esa manera contribuimos a darle forma a la cultura en que vivimos y que a su vez nos moldea. Desde muy pequeños nuestros padres nos cuentan historias y nos transmiten un modo de interpretar el mundo. Las historias que compartimos nos unen como comunidad y repetidas una y otra vez van conformando una identidad de grupo, de familia. “Nos llevó pocos días de carreta, polvo y cuentos ser familia”, dice la china Iron, en la novela de Gabriela Cabezón Cámara.

El poder de la narración es tal, que no necesitamos científicos que nos lo expliquen, de manera intuitiva ya lo sabemos. Kossi Efoui, un escritor africano, en el Cántico de la Acacia, lo dice así:

…”todo suceso viene al mundo por dos caminos: el camino de ida, que es el de los hechos, y el camino de vuelta, en el que los hechos se transforman en palabras, fábulas, adivinanzas, proverbios, profecías, mitos. Privados de ese camino de regreso, los hechos erran en un mundo suspendido entre las cosas manifiestas y las cosas posibles. Ni del todo manifiestos, ni del todo posibles.”

Y es que lo que no contamos, queda en una especie de limbo, de irrealidad; solo cuando  les ponemos palabras, logramos capturar esos hechos huidizos y volverlos reales.

Narramos recuerdos, narramos nuestra historia, o las historias de nuestra imaginación. Ficción o realidad, poco importa, porque cuando una obra de ficción nos dice algo acerca de nosotros o del mundo, se vuelve mucho más significativa que la mera documentación de un hecho real. Por otro lado, incluso en los relatos autobiográficos, al seleccionar los datos de la memoria y organizarlos en una estructura narrativa, esos datos se ven alterados y se transforman, en buena medida, en ficción.

La literatura, entonces, contribuye de manera fundamental en la búsqueda y en la construcción de nuestra identidad o de la identidad de un pueblo. Si tomamos los cuentos tradicionales, por ejemplo, podemos ver que esos cuentos que el lingüista ruso Vladimir Propp estudió y en los que encontró tantas coincidencias, adoptan en los distintos países formas diferentes. Si comparamos los cuentos alemanes con los franceses vemos que los alemanes son más moralistas, más siniestros y tienen muchos elementos sobrenaturales; los franceses, por otro lado, tienen más humor negro y son menos moralistas. En las conclusiones, los cuentos alemanes dejan una moraleja, en cambio los franceses funcionan más como advertencia. En el típico cuento en que el héroe se aleja de la casa para cumplir con una prueba, el alemán triunfa porque es honesto, en cambio el francés triunfa porque es astuto.

Las obras que compartimos nos hermanan y nos construyen como sociedad y a tal punto integran la cultura que sus frases las recitan hasta aquellos que jamás las leyeron.

“Los hermanos sean unidos, porque esa es la ley primera; tengan unión verdadera en cualquier tiempo que sea, porque si entre ellos pelean los devoran los de afuera.”

Cuando una obra logra captar la chispa inasible de lo humano,  entonces crece y supera en fama a su creador y los personajes ficticios  —Martín Fierro, Don Quijote, Hamlet, Lady Macbeth, Dorian Gray,  Emma Bovary— se vuelven no solo reales, sino también inmortales. Porque la imaginación, la fantasía, la sed de aventuras, la búsqueda incesante de un sentido, las preguntas que nos hacemos, los miedos que nos acechan nos identifican más que cualquier cosa tangible y es la narración donde lo volcamos, lo procesamos y lo comprendemos.

 

 

 

 

 

 

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