Frases nuestras

En Léxico familiar, una novela autobiográfica, Natalia Ginzburg se corre a un lado y oficia más que nada de  testigo. “No deseaba hablar de mí. Esta no es mi historia, sino (incluso con vacíos y lagunas) la de mi familia”, dice Natalia en el prefacio.  El estilo de Natalia, que en un principio  puede parecernos excesivo por las ilimitadas repeticiones, termina por conquistarnos y la risa finalmente surge espontánea sin que la podamos evitar. Y es que las repeticiones de ese idioma tan propio, de las palabras, de las frases dichas una y otra vez, van produciendo en nosotros lectores el mismo efecto que producen dentro de la familia: se van cargando de significado y pasan a ser el núcleo afectivo que nos convoca. Natalia Ginzburg lo dice así:

 

Somos cinco hermanos. Vivimos en distintas ciudades y algunos en el extranjero, pero no solemos escribirnos. Cuando nos vemos, podemos estar indiferentes o distraídos los unos de los otros, pero basta que uno de nosotros diga una palabra, una frase, una de aquellas antiguas frases que hemos oído y repetido infinidad de veces en nuestra infancia, nos basta con decir:”No hemos venido a Bérgamo a hacer campamento” o “¿A qué apesta el ácido sulfhídrico?”, para volver a recuperar de pronto nuestra antigua relación y nuestra infancia y juventud, unidas indisolublemente a aquellas frases, a aquellas palabras. Una de aquellas frases o palabras nos haría reconocernos los unos a los otros en la oscuridad de una gruta o entre millones de personas. Esas frases son nuestro latín, el vocabulario de nuestros días pasados, son como jeroglíficos de los egipcios o  de los asiriobabilonios: el testimonio de un núcleo vital que ya no existe, pero que sobrevive en sus textos, salvados de las furias de las aguas, de la corrosión del tiempo. Esas frases son la base de nuestra unidad familiar, que subsistirá mientras permanezcamos en el mundo, recreándose y resucitando en los puntos más diversos de la tierra. De tal forma que, cuando uno de nosotros diga: “Distinguido señor Lipmann”, la voz impaciente de mi padre resonará en nuestros oídos: “Dejad esa historia. ¡La he oído ya muchas veces”.

 

Con una mirada única, entre compasiva y risueña, una mirada que se detiene en los detalles y resalta con gracia las incoherencias humanas, Natalia Ginzburg caracteriza a sus personajes de tal forma que incluso sin descripciones físicas nos parece que los estamos viendo, y escuchamos al padre tronar: “¡qué borrico, pero qué borrico es Alberto!”, “¡ese sinvergüenza de Alberto!”; “¡Lidia, Lidia, dónde estás! ¡Apuesto a que hoy también has estado en el cine! ¡Te pasas la vida en el cine!”

Y a la madre: “¡Qué calor!, ¡no aguanto el calor!”, “¡No me gusta esta casa!, me gustaba la otra, me gustaba tener jardín.” Y más adelante, cuando los hijos mayores abandonan uno a uno la casa paterna: “¡Me aburro! ¡Estoy aburrida! ¡No hay nada peor que aburrirse! ¡Si por lo menos tuviera alguna enfermedad bonita!”

El tiempo pasa y como si viajáramos en un tren mirando hacia atrás, vemos como todo se va alejando y desapareciendo; y hasta los tiempos malos, hasta la guerra y la posguerra, todo a la distancia se vuelve entrañable, porque son los recuerdos de un tiempo que no vuelve y nos llenan de una tristeza dulce y serena.

Pero en Léxico familiar no solo aparece retratada la familia, sino también los amigos, las familias de los amigos, la criada, la niñera, la modista, y más tarde, los compañeros de trabajo; y así la novela va conformando un mundo más amplio, la vida de varias generaciones de padres e hijos que transmiten unos a otros sus historias y sus frases; el mundo que una vez conocieron y que ya solo sobrevive en sus recuerdos.

 


natalia_ginzburgNatalia Ginzburg (1916-1991), tomó el apellido de su primer marido, un inmigrante ruso judío, con el que estuvo casada seis años, hasta que fue asesinado en la cárcel durante la Segunda Guerra mundial. Junto con su amigo  Giulio Einaudi, Leone Ginzburg había fundado la famosa editorial Einaudi en la que más tarde trabajaría Natalia como editora, traductora y en la que se publicarían todos sus libros.

Natalia Ginzburg escribió novela, cuento, ensayo y teatro. Entre sus obras más conocidas están Todos nuestros ayeres, Querido Miguel, Las pequeñas virtudes, Me casé por alegría, y Léxico familiar con la que ganó el premio  Strega en 1963.

2 comentarios

  1. Rosa

    ya estoy yendo a comprarmelo Magdalena, cada vez que leo una de tus reseñas no puedo resistirme: una guia sobre el arte de perderse (imperdible!!!), ahora estoy leyendo porque estás tan callada hoy, y este es el proximo

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    1. Magdalena Solari

      Me alegro que te hayan gustado, Rosa!!!!

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