Joyce

En su biografía de Joyce, Richard Ellman cuenta que William Butler Yeats, ya muy conocido por entonces, se reunió con Joyce por la insistencia de un amigo en que tenía que conocer a “un joven brillante que seguramente haría carrera en las letras”. Se encontraron en un café y tuvieron una larga conversación en la que Joyce criticó no solo toda la obra de Yeats sino también sus ideas políticas. Finalmente se levantó de la mesa y despidiéndose le dijo: “Nos hemos encontrado demasiado tarde. Usted es demasiado viejo para que yo pueda influirle”. Joyce tenía veinte años y Yeats, treinta y siete.

La anécdota da risa, y lo pinta de cuerpo entero. Yeats le dijo entonces a sus amigos: “Jamás vi combinados en una sola persona tan colosal vanidad y semejante genio literario liliputiense”. Sin embargo, como tantos otros, quedó tan deslumbrado que lo ayudó siempre que pudo, a lo largo de toda su vida. Fue Yeats, el que muchos años después, le mostró los poemas de Joyce a Ezra Pound que muy entusiasmado hizo las gestiones para publicar los primeros capítulos de Retrato del artista adolescente en la famosa revista “The Egoist” en la que trabajaba. Desde ese momento la suerte de Joyce cambió. El editor, que durante diez años había demorado la publicación de Dublineses por temor a posibles juicios, se decidió a publicarlo. Pero, aunque el nombre de Joyce empezó a hacerse conocido, nunca pudo llevar una vida desahogada. Sus libros nunca se vendieron lo suficiente.

Joyce tenía mil facetas y sus virtudes, qué ironía, se contrastaban con sus defectos. Era solidario y a la vez egoísta, arrogante y humilde, sensible, pero ingrato, tenía un gran sentido del humor, pero se deprimía, era sociable y hacía amigos en todas partes, pero era también muy solitario; era brillante y a la vez infantil, tan seguro de sus ideas como inseguro en sus sentimientos.

Quiso alejarse de Irlanda, exiliándose, pero todo lo que escribió fue sobre Irlanda. Quiso alejarse de su familia y terminó llevándosela a vivir con él. A los veintidós años, prácticamente se fugó con su novia, Nora, a la que apenas conocía, pero que lo acompañaría hasta su muerte. Se instalaron en Trieste, Italia, y no había pasado un año, cuando ya le insistía a Stanislaus, su hermano más cercano, en que fuese a vivir con ellos. Cuando después de cinco años volvió a Irlanda de visita con su hijo Giorgio y vio a sus hermanas viviendo en una casa miserable con su padre, mayormente borracho, decidió llevarse a una de ellas con él. Margaret, la mayor, había cumplido la promesa hecha a su madre moribunda de encargarse de la casa hasta que sus hermanas fueran mayores, pero ahora partía a un convento en Nueva Zelanda para hacerse hermana de la Caridad. Entre todos decidieron que Eva viajara con él. Un tiempo después, en un segundo viaje, se llevó también a Eileen.

Su padre había sido siempre pésimo para los negocios y no hizo en su vida otra cosa que perder poco a poco todo lo que su familia había tenido alguna vez. Las dificultades fueron agriando su carácter, y varios de sus hijos terminaron odiándolo por sus maltratos. James, que era el mayor, lo recordaba de su infancia como un hombre simpático, alegre y gran contador de historias, pero hacía mucho tiempo que se había transformado en un borracho iracundo, y todo había empeorado tras la muerte de su madre. Cuando ella murió, Joyce quedó emocionalmente huérfano y al conocer, poco tiempo después a Nora, exigió de ella un amor incondicional, como el que se espera de una madre. Ponía a prueba su amor una y otra vez, mostrándole lo peor de sí. En una carta, arrepentido, le escribió: “… hay algo en mí un tanto diabólico que me lleva a complacerme rompiendo la idea que la gente tiene de mí y demostrándole que soy realmente egoísta, orgulloso, artificioso e indiferente para con los demás”. Al igual que su madre, Nora no era una mujer educada, apenas había terminado la primaria y no sabía nada de literatura. Nunca leyó los libros que Joyce escribió, pero tenía un carácter y una fortaleza singular. Soportó la constante inestabilidad económica, las mudanzas, el hambre, el humor cambiante, las depresiones, las borracheras, y nunca lo abandonó —por más de uno o dos días— hasta que desesperado como un niño, Joyce corría a pedirle perdón.

Joyce vivió como un buen sacerdote dedicado a su arte. Cuando era adolescente empezó a escribir unas pequeñas composiciones en prosa que llamó epifanías. En una carta a su hermano escribió: “¿No crees que hay cierto parecido entre el misterio de la misa y lo que yo trato de hacer? Quiero decir que intento…darle a la gente una especie de placer intelectual o de alegría espiritual convirtiendo el pan nuestro de cada día en algo que tiene por sí mismo una vida artística permanente…, para su elevación mental, moral y espiritual”. La literatura era, sin duda, la religión de Joyce y tenía una seguridad en sí mismo absoluta en esa materia, pero pedía opiniones y sufría cuando no comprendían sus obras. Después de las malas críticas recibidas o del silencio tras la publicación de Finnegan’s Wake le dijo a una amiga: “¿Y para qué voy a escribir nada más? Nadie lee este libro”.

Su vida se centraba en la escritura, pero cuando aparecía un problema en la familia todo su mundo se venía abajo y los últimos años fueron despiadados con él. La esquizofrenia de su hija Lucia, diagnosticada a los veinticinco años fue un golpe durísimo. La convivencia era muy difícil. Vivía de crisis en crisis, y tenían que internarla cada tanto. Por otro lado, su vista, que ya lo había complicado mucho mientras escribía Ulises, continuó empeorando debido a los ataques de glaucoma que le ocasionaban un dolor intenso, y por los que tuvo que someterse a más de diez operaciones. Cuando comenzó la Segunda Guerra, la familia, que durante veinte años había vivido en París, volvió a mudarse a Zurich. Apenas unos meses más tarde Joyce tuvo un dolor intenso y repentino. Era una úlcera de duodeno perforada. Se despertó tras la operación, pero murió solo unos días después. No llegó a cumplir sesenta años.

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