Siri Hustvedt y sus traductores

“Pienso en todos los libros que leí y que habrían sido inaccesibles para mí de no existir una traducción al inglés. Sin traducción mi experiencia con la literatura se habría visto muy empobrecida. Me habría desarrollado de otra forma. Me avergüenza la pequeña cantidad de libros que las editoriales traducen al inglés en los Estados Unidos cada año. Eso demuestra la arrogancia y el provincianismo estadounidense.”

Este cuestionario fijo que contestan los escritores  en el Blog Authors and translators, de Cristina Vezzaro, se publicó en inglés el 24 de abril de 2013. Esta es mi traducción.

Siri Hustvedt nació en Northfield, Minnesota, el 19 de febrero de 1955. En 1978 se mudó a la ciudad de Nueva York y en 1986 terminó su doctorado en Lengua Inglesa en la Universidad de Columbia. Escribió un libro de poemas: Leer para ti;  tres libros de ensayos: Los misterios del rectángulo (sobre pintura), Una súplica para Eros, y Vivir, pensar y mirar; un libro de no ficción: La mujer temblorosa o la historia de mis nervios y cinco novelas: Los ojos vendados, El hechizo de Lily Dahl, Todo cuanto amé, Elegía para un americano y El verano sin hombres. Su sexta novela, El mundo deslumbrante,  se publicará en  el 2014 En el 2003 y el 2011 su trabajo fue pre-seleccionado  para el  Prix Femina Etranger en Francia al mejor libro del año. Todo cuanto amé ganó el Prix des Librairies de Quebec en Canadá al mejor libro del año. En 2012 recibió el Premio Internacional Gabarrón de Pensamiento y Humanidades.

¿A cuántos idiomas se han traducido sus libros?

Mis libros están traducidos a más de treinta idiomas. Fui muy afortunada. Llegué a la traducción con mi primer novela, Los ojos vendados, que se publicó en los Estados Unidos en 1992 y más tarde se tradujo a veinte idiomas. Mi última novela El verano sin hombres se tradujo también al chino y al coreano, dos idiomas nuevos para mí.

¿Ha tenido oportunidad de reunirse personalmente con sus traductores?, ¿o ha tenido algún contacto con ellos?, ¿cómo fue ese contacto? 

Tengo una relación cercana con mis traductores de alemán, francés, italiano, finlandés y sueco. Me hacen preguntas acerca del libro en cuestión y hago todo lo posible para explicar el sentido de lo que escribí. Todos ellos se han convertido en mis amigos. Mi último traductor español, Gian Castelli Gair, siempre me enviaba listas de preguntas y me encontré con él algunas veces en mis viajes a España. Le tomé mucho cariño y lamenté su muerte que ocurrió poco después de terminar de traducir mi novela Todo cuanto amé. Me dijeron que se la daba a sus amigos cuando estaba muriendo en el hospital.

Cuando era más joven fui co-traductora de una biografía de Dostoievski del noruego al inglés. También traduje algunos poetas noruegos y algunos poemas de Ingeborg Bachman del alemán. Esas últimas traducciones nunca se publicaron porque al final el libro no se editó. La traducción somete al texto a la mirada más rigurosa y los textos endebles colapsan bajo esa mirada. Como yo misma he traducido, soy plenamente consciente de que el traductor debe reinventar el texto en otro idioma. Lo que es esencial es que el texto no se lea como una traducción, sino como si  se hubiera escrito en ese otro idioma. La semana pasada un editor estadounidense me envió las pruebas de una novela noruega y aunque el libro parecía sólido, el traductor había importado la estructura y la puntuación noruega al inglés, lo que le daba al lenguaje una cadencia particular y el uso de la coma y el punto resultaba muy extraño. Podía ver las oraciones noruegas asomando tras las inglesas. Le escribí de inmediato al editor diciéndole que era necesario hacer un cambio radical en la traducción.

¿Le resulta difícil confiar sus textos literarios a los traductores?, ¿o confía ciegamente en ellos? 

Para ser honesta, confío ciegamente en ellos en muchos casos. Cuando recibo mis libros en ruso, búlgaro, turco, griego o hebreo, por ejemplo, traducciones hechas por personas que no conozco o de las que nunca recibí una pregunta, no puedo más que confiar en que hicieron bien su trabajo. Es una posición práctica. Sería imposible estar detrás de todos mis traductores y darles instrucciones.

¿Cree que puede evaluar la calidad de la traducción? 

Puedo evaluar las traducciones escandinavas porque soy bilingüe, crecí hablando inglés y noruego. El sueco y el danés tienen un gran parecido con el noruego, así que puedo sentir la música en esas traducciones. Leo alemán y francés y me doy cuenta si hay errores muy notorios, pero no me siento capaz de evaluar su calidad literaria.  De todas formas, mucha gente dice que mi traductor alemán es excepcional. También han elogiado a mi traductor francés, así como a mis traductores de italiano, noruego y español. Mi traductora sueca ganó un premio por su traducción de  Anna Karenina al sueco. Se la considera una traductora brillante.

Tal vez el humor y la ironía sean lo más difícil de recrear en otra lengua y a veces me pregunto si esa cualidad de mi trabajo atravesará la traducción. Mientras trabajaba en una conferencia sobre Kierkegaard que daré en Copenhagen a principios de mayo, estuve comparando una y otra vez la traducción inglesa con la versión original en danés. El texto de Kierkegaard es muy irónico, es complejo en extremo y está maravillosamente escrito.  Tengo un profundo respeto por las traducciones de su trabajo. Conozco a Howard y Edna Hong, la pareja que hizo la traducción al inglés, publicada por Princeton University Press. Ellos viven enfrente al arroyo  donde estaba mi casa de la infancia en las afueras de Northfield, Minnesota. Fue un trabajo de vida, compartido. Por supuesto, cada tanto tengo alguna pequeña objeción. Lo mismo en el caso de Freud. Mark Solms, un amigo mío, trabajó durante doce años en la revisión que pronto se publicará de la traducción inglesa de Freud hecha por Strachey. Es para sacarse el sombrero. Tanto Kierkegaard como Freud tenían un estilo soberbio y traducirlos es tanto una tarea filosófica como literaria.

¿Alguna vez escuchó a alguien leer un extracto de alguno de sus libros en otro idioma? ¿Cuál fue su reacción? 

Una vez leí en voz alta  mi propia novela Todo cuanto amé en noruego, para una presentación organizada por mi editor. Pensé que la traducción era muy buena, pero cuando pronunciaba las palabras las sentía raras. Escuché mi trabajo leído en francés y en alemán y siempre disfruté al escuchar la reinvención, pero de nuevo, como dije antes, mis traductores en esas lenguas son amigos en los que confío.

¿En qué idiomas querría ver traducidos sus libros y por qué? 

Estoy encantada cada vez que algún libro mío se traduce a un nuevo idioma. Cuando un editor ruso compró los derechos de mis libros, por ejemplo, me sentí honrada, sin duda, porque la literatura rusa fue muy importante para mí y amo la idea de que mis libros existan en la lengua de Gogol, Chekhov, Dostoievski, Tolstoy, Tsvetayava, Ahkmatova y muchos otros, aunque no hable ruso (cursé de todas formas un semestre de ruso en la universidad). ¡Cualquier  nuevo idioma es una alegría!

¿Qué es lo primero que se le ocurre cuando piensa en la profesión del traductor literario? 

Admiro profundamente la profesión. Pienso en todos los libros que leí y que habrían sido inaccesibles para mí de no existir una traducción al inglés. Sin traducción mi experiencia con la literatura se habría visto muy empobrecida. Me habría desarrollado de otra forma. Me avergüenza la pequeña cantidad de libros que las editoriales traducen al inglés en los Estados Unidos cada año. Eso demuestra la arrogancia y el provincianismo estadounidense. De todas formas, los escritores siguen escribiendo y los traductores siguen traduciendo en todo el mundo. Estoy muy agradecida a mis traductores por reescribir mis textos en sus idiomas.

 

 

 

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