María Teresa Andruetto: “La Tere”

Cuando el director del Instituto Cervantes le pidió a María Teresa Andruetto que diera el discurso de cierre del VIII Congreso de la Lengua Española, ella dejó muy en claro que tenía con el Congreso muchas disidencias. La invitación se sostuvo y fue así como ella aceptó. El 30 de marzo, entonces, leyó un discurso que puede escucharse cliqueando este enlace en donde enumeró, con esa rara combinación de suavidad y firmeza que caracteriza a María Teresa, todas las cuestiones por las que el Congreso encuentra oposición y despierta tantas susceptibilidades en el contexto hispanoamericano.

Combiné para encontrarme con María Teresa en la Universidad en donde “la Tere”, como le dicen todos en Córdoba, iba a participar de la inauguración del I Encuentro de Derechos Lingüísticos como Derechos Humanos, también llamado el contracongreso.  Al terminar su presentación, una enorme cantidad de chicas jóvenes, sonrientes, incluso diría emocionadas se acercaron a saludarla. Querían sacarse una foto con ella o que les firmara un ejemplar de sus libros. Parecía toda una estrella. Pero no. Me bastaron unos minutos para darme cuenta cuál era el motivo. María Teresa Andruetto trata con tanta delicadeza y tanto respeto a las personas de carne y hueso como a sus personajes de ficción. Cómo no sentirse agradecida con alguien que te mira a los ojos y te dedica lo más importante que uno tiene en la vida: su tiempo. Es por eso que “la Tere” tiene el efecto de un imán, porque quién no quiere verse reflejado en esos ojos calmos que parecen comprenderlo todo.

María Teresa Andruetto tiene mucha presencia en el contexto social cordobés, porque además de ser escritora, fue docente durante más de treinta años en secundarios y terciarios. Dio talleres, cursos y en la actualidad tiene un programa de radio en donde toma partido y defiende las causas que interesan a su comunidad. “Yo no soy una escritora que se construyó a partir de las editoriales y hacia los lectores sino al revés”, dice. “Empecé a ser leída porque yo capacitaba a los maestros; entonces cuando empecé a publicar mucha de esa gente empezó a leer mis libros. Cuando gané los premios, yo ya tenía lectores.”

Me cuenta que cuando era más joven tenía muchas horas en colegios, profesorados, sobre todo en un momento en el que fue único sostén económico de su casa, pero después de ganar varios premios, empezó a recibir invitaciones a Congresos, a encuentros internacionales y se vio en la necesidad de bajar las horas de los profesorados. “Me jubilé al año siguiente del premio Andersen que fue una locura” dice, “por suerte pude hacerlo porque sino con las faltas se perjudica mucho a los alumnos.”

¿Con el tiempo fuiste escribiendo más para adultos?

No, lo que pasa es que el reconocimiento de mi obra para adultos es muy posterior. Yo siempre escribí para adultos, para jóvenes, escribía narrativa, poesía. Empecé a escribir muy joven, de manera muy fragmentaria y sin imaginarme que iba a ser escritora. Porque para mí ser escritora es tener un lugar público de escritura, que te lean. El solo hecho de escribir en soledad, no. Entonces yo escribía, pero no contemplaba la idea de “ser escritora”, y paralelamente trabajaba en la docencia: trabajaba en un centro de literatura infantil formando lectores, capacitando maestros, daba talleres, todo eso. El deseo de publicar recién apareció cerca de mis treinta años. Empecé a escribir una novela y ahí sí, empecé a buscar editorial. Diez años después, diez años después, en el ’92, en un concurso que hace la Municipalidad de Córdoba que se llama Luis de Tejeda presenté Tama y gané. En el ’93 salió publicada y eso me dio un aventón tan grande que empecé a mandar cosas que tenía, cosas breves, a editoriales: le mandé algo a Canela que dirigía la colección juvenil de Sudamericana, le mandé a Graciela Montes que dirigía una colección en el Quirquincho y le entregué a un editor de Córdoba un libro de poesía que tenía. Entonces en el ’93 salieron dos libros para chicos o jóvenes, una novela para adultos y un libro de poemas.

O sea que el arranque público fue todo al mismo tiempo. Lo que pasa es que los libros infantiles o juveniles salieron en editoriales de Buenos Aires con mejor distribución nacional y la novela de adultos y el libro de poemas quedaron en el coto provincial y bueno, en esa época no había Internet y Córdoba no era lo que es hoy. Hoy Córdoba es un polo editorial interesantísimo. Tenemos cincuenta editoriales registradas, algunas muy pequeñitas y otras con mucho reconocimiento, pero en esa época no había eso. Entonces si vos publicabas un libro acá, para que lo leyeran en otra provincia tenías que mandarlo por correo, ir a presentarlo; en fin, hoy lo ponés en las redes, hoy es totalmente distinto. Por eso es que yo fui vista básicamente como una escritora para niños; por lo menos hasta el 2002 en que gané el Premio del Fondo Nacional de las Artes con La mujer en cuestión que salió primero en ediciones Alción, después en Debolsillo y finalmente en Mondadori. Hasta ese momento yo no había publicado nada para adultos que saliera de la circulación cordobesa y, te diría más, de la ciudad de Córdoba.

Y después, hubo momentos: el 2008, 2009 con el Premio Iberoamericano SM de Literatura Infantil … en esa época también reedité dos libros de poemas que estaban agotados, Kodak y Pavese, y publiqué Hacia una literatura sin adjetivos , un libro de ensayos, en ediciones Comunicarte. Todo eso hizo que diera un salto. Y el premio Andersen en el 2012, que aunque era para jóvenes tuvo mucha repercusión y entonces empezaron a salir mis novelas para adultos en Random.

Y quién establece, quién clasifica los libros por edades, ¿la editorial?

Bueno, no. Cómo me manejo yo … yo he trabajado mucho en la formación de maestros en literatura para niños y conozco la capacidad lectora de los niños. Nunca es algo rígido porque un niño no es igual a otro niño. Pero, por ejemplo, el año pasado escribí un cuento largo de una chica que tiene una discapacidad. Eso no se dice, no se explicita. Pero es una chica que necesita la ayuda de alguien. Todo sucede el 24 de diciembre y el día anterior. La chica vive en un medio urbano, es de una familia acomodada porque tienen una empleada y además la mujer que se ocupa de ella. Tampoco se explicita, pero esta mujer sería mestiza o descendiente de indígenas porque le cuenta cosas del norte, la ceremonia del niño de Hualco en contraste con el Papá Noel. Yo me imagino a esa chica de diez u once años y como conozco el mundo editorial argentino, me imagino el libro en algún lugar. Me lo imagino ilustrado y que en las ilustraciones se vea algo de lo que yo no digo, por ejemplo. Son unas quince páginas de texto y con eso yo ya sé que para un niño muy pequeñito, no es. Me imagino que puede ser algo que lea un niño de diez años en adelante. En función de eso, se lo ofrezco a alguien.

Hace unos días leí Stefano y la verdad es que me impactó. No estaba preparada para encontrarme con tanta complejidad literaria en un libro clasificado como juvenil.

Bueno, mi ingreso en la literatura infantil fue un ingreso fuertemente literario. Escribiendo así como escribía para adultos. Y eso no era entonces tan frecuente. Ahora sí. De todas maneras yo no escribí Stefano pensando en jóvenes. Se lo mandé a Canela, porque ella ya me había editado un libro, para ver si se lo podía acercar al director de la colección de adultos de Sudamericana. Porque ese es todo un tema: que te lean. A mí ahora ya no me pasa. Entonces ella lo recibió, lo leyó y me dijo que podía salir para jóvenes. Y si bien no cumplió mis expectativas porque yo en ese momento soñaba con sacarlo en una colección para adultos, sí me benefició porque quizás en el mundo de los libros de adultos se hubiera perdido como un libro más, en cambio en el mundo juvenil se destacó, porque no había tanto, en ese momento, de esta escritura más literaria.

Pero lo que pasó con Stefano fue que salió en el ’98 y entre el ‘98 y el 2002 se vendió muy poco. La editorial lo bajó de catálogo porque no lo compraban, porque era medio difícil para los chicos, porque tenía algunas escenas de sexo, muy sutiles, pero bueno. Entonces como había un remanente en la editorial y no se vendía, pero había ganado premios, ellos me dijeron que me los regalaban, que me los mandaban a mi casa; y yo les dije que no, que se los mandaran a un postítulo de literatura infantil que había en esa época en Buenos Aires y a un centro donde yo había trabajado; y resulta que en esos lugares se los regalaron a su vez a los docentes que estaban haciendo cursos de capacitación y se ve que ellos lo leyeron en el verano, era fin de año en ese momento, y al año siguiente esos docentes lo empezaron a pedir a la editorial. Entonces la editorial lo volvió a editar y ahí se empezó a leer. Un poco tuvo que ver con la condición lectora de la sociedad que va cambiando. Antes Stefano se leía en quinto año, por ejemplo, ahora en segundo o tercero. Hoy nadie se espanta porque un chico meta la mano debajo de la colcha y se toque, pero en esa época los colegios religiosos lo devolvían.

A mí me da la impresión de que las escuelas tienen mucho miedo con la ambigüedad y los chicos. Como que hay que marcar una línea clara.

Ese miedo es más del docente que no es muy lector. El docente que se ha preparado, no. Se ha crecido enormemente con el tema de la lectura. Eso es algo que la gente que está por fuera de la escuela, desconoce. Hay mucho prejuicio. Hay de todo, obviamente, pero durante el gobierno kirchnerista hubo tres compras estatales y desde el 2008 las compras se hicieron para todas las escuelas públicas del país. Por supuesto que hay lugares donde los libros quedaron, eso se decía…., pero hubo mucho uso de esos libros. Cuando yo empecé en esto, el lema era volver la literatura a la escuela. Hoy en día eso está. A veces no hay una dirección que lo sostenga, o el maestro no está capacitado. Hay miles de situaciones y miles de problemas pero los proyectos de lectura en la escuela funcionan.

¿Y cómo se entusiasma a un chico al que le resulta difícil la lectura?

El mundo de la construcción de lectores es un mundo muy grande. Todo el tiempo se están haciendo congresos, encuentros, jornadas. Para mí no hacen falta tantas cosas para que el niño tenga la oportunidad de acceder al mundo de la lectura. Pero hay niños que solo tienen esa posibilidad en la escuela. Porque los padres pueden ser analfabetos, o no ser lectores. Es por eso que tiene que haber una política de Estado. Le corresponde al Estado a través de las escuelas públicas de gestión pública o de gestión privada, y de la red de bibliotecas populares, suministrar libros de calidad. Para que un chico tenga acceso a la lectura hace falta que los libros estén a disposición y que haya un espacio para leer, separado de la clase de Lengua. Un espacio no instrumental, solo para leer. Entonces, si hay buen material, hay materiales diversos, el acceso es libre y hay un buen coordinador que habilite, en general los chicos se enganchan. No se evalúa con nota porque no se trata de “lo correcto” sino de generar un hábito, un gusto. A medida que van creciendo está el tema de ir trabajando sobre la dificultad y eso es la belleza de transitar la dificultad, el desafío. Y hay maneras.

El tema es generar en la escuela ese tránsito entre los libros que tiene un niño o una niña de origen urbano en una familia en la que hay libros. No todos los chicos tienen eso. Si vivís en una casa donde el libro no está, es la escuela el lugar. Yo he visto muchísimos proyectos. Hay mil maneras de transitar la dificultad. Podría ser que un profesor decida leer cada día un capítulo de una novela y después conversar.

Yo tengo una nouvelle que se llama Veladuras, que tampoco pensé que iba a ser para jóvenes pero bueno, se lo ofrecí a Antonio Santa Ana, en ese momento director de Norma, y él lo publicó en la colección juvenil. Y hay un proyecto que llevaba adelante una gente que daba clases en el conurbano bonaerense, en una zona difícil, con muchas problemáticas y eligieron esa novela que es muy corta, de unas sesenta páginas, para vertebrar el año. Es un monólogo de una chica de una familia mixta y está el tema de la locura, de la pobreza, hay un triángulo del padre con dos mujeres, está el tema de la identidad, del suicidio del padre, los problemas con la madre, una temática bien áspera. Entonces ellos leían un poquito, chicos de primer año, y bueno … adónde los llevara el libro. Por ejemplo, la protagonista pinta y usa ciertos colores entonces surgía la pregunta: ¿y qué color es ese? Y de repente se pasaban quince días hablando de los colores y de pintores que utilizaban ese color y cuando el tema se agotaba volvían al libro. Un maestro puede hacer maravillas. Todo depende de su condición lectora.

Me gustó muchísimo tu libro de cuentos No a mucha gente le gusta esta tranquilidad. Me parecieron cuentos impecables, muy elaborados.

Me interesa mucho, mucho el trabajo con el lenguaje.

Y te quería preguntar: ¿La velocidad de lectura, tiene que ver con la velocidad con la que se escribió el texto?

No tiene que ver con la velocidad con la que se escriba sino con un efecto. Ahora estoy con una novela empezada y me parece que pide una lectura rápida por el punto de vista narrativo; me parece que lleva al lector a leer con rapidez. Y por ejemplo, tengo un cuento, El árbol de lilas, que es un cuento muy sencillo, muy breve, que yo escribí en una noche y me parece que pide una lectura lenta. Lo he visto cuando lo narran. Para mí, es un efecto de escritura buscado o logrado de la misma manera que hay otros efectos.

¿Trabajás el texto más en la cabeza o en el papel?

Yo lo trabajo escribiéndolo. Nunca me sentí vacía de asuntos. La vida siempre me trajo muchos asuntos. A muchos los dejo pasar porque estoy en otra cosa. Es una cuestión de disponibilidad. No es solo una cuestión de tiempo sino más bien una cuestión interna. Tengo momentos en los que estoy más deseosa de llevar algo a la escritura y coincide con que tengo tiempo. En general lo que sucede, en la narrativa, es que algo del mundo externo me toca. Viajo mucho en transporte público porque no sé manejar y tengo una hora y media de viaje desde casa, entonces veo, escucho cosas, o me acuerdo de cosas o estoy leyendo y eso me trae un recuerdo o una idea. Eso queda en mí, a veces queda por años, como una cosa que se podría contar. Cuando estoy en casa  —yo solo escribo en casa y en la computadora fija—, quizás lo anoto. Ponele que tenga tiempo y haga un borrador, si me entusiasma mucho eso me va pidiendo un tiempo y yo le voy dando lo que me pide. Generalmente hago un borrador muy sencillo y después lo voy enriqueciendo. Lo imprimo, anoto cosas, me acuerdo de otras, puede ser largo ese tiempo, a veces puede ser muy largo, a veces no tanto, pero no son cosas que se escriben en un día, ni en dos ni en una semana tampoco. Es mi forma, va como por capas, imprimo, arreglo el archivo, vuelvo a enriquecer, cuando está más o menos armado lo leo en voz alta para ver cómo suena, corrijo, lo vuelvo a imprimir, cuando ya siento que lo tengo se lo doy a dos o tres personas para que lo lean, vuelvo. No soy compulsiva para escribir, ni tengo esa cosa de que lo tengo que terminar. Nunca trabajo por encargo ni con límite de tiempo. Hasta que no lo tengo como yo quiero no se lo ofrezco a nadie. Me siento muy libre en eso. Lo único que hago por encargo son los ensayos para Congresos o cosas así. Entonces abro un archivo, leo mucho, anoto, pego cosas. Eso es como un trabajo para mí. Lo otro, no.

Para terminar, algo que siempre me gusta preguntar es qué lecturas te marcaron en el camino.

Tuve distintas etapas. De chica leí muy vorazmente y todo en la misma categoría: historietas, revistas de periodismo amarillo, crímenes, biografías, libros de la colección Robin Hood y también poesía que tenía mi mamá: Alfonsina Storni, Almafuerte, Tagore, cosas que había en casa. En el secundario empecé a leer literatura argentina contemporánea y descubrí a Borges, Cortázar, Sábato, Denevi, las Ocampo. Después decidí estudiar letras y cuando vine a Córdoba —yo vivía en un pueblo— se abrió un mundo para mí, en términos de lectura y un modo de leer. Un modo de leer como de matriz, en relación con las tradiciones de la literatura argentina o latinoamericana y ya nunca más pude leer suelto, sino insertando lo que leía en ese mapa. Me interesa mucho la literatura argentina que sigo bastante, tanto narrativa como poesía, en segundo lugar la latinoamericana, pero en menor cantidad. Me gusta mucho la narrativa norteamericana sobre todo la del sur como la de Flannery O’Connor, Carson Mc Cullers, Eudora Welty, Capote, Carver, Cheever, Ford. Son escritores que he leído mucho. Narradores como ásperos, realismo seco, en los que se puede percibir algo social muy fuerte de esos mundos. He leído bastante literatura italiana del siglo XX y autores alemanes un poco al azar, porque siempre unas lecturas me llevan a otras.

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